miércoles 26 de enero de 2011

CAPÍTULO SEGUNDO

Capítulo Segundo – Las Primeras Revelaciones


El segundo telefonazo de parte de la “seudo agencia” ocurrió pocos días después de mi entrevista con la responsable de la misma: una tal Adriana, la cual disimulaba los nombres en su “farsa” cibernética con el seudónimo de Babydoll. Fue una sorpresa agradable tanto como la primera. No esperaba conseguir el empleo con tal facilidad, porque, según Babydoll me lo había presentado, éste era esa clase de empleos excepcionales y deseables que convienen a un hombre que, como yo, está aficionado a los computadores y al estudio del idioma inglés. Sentarme a un computador durante cuatro horas diarias, traducir del español al inglés lo que “ellas” (las nacionales) emitían como locución de novias, y del inglés al español lo que “ellos” (los extranjeros) correspondían en su incauta cortesía aduladora, se me antojaba interesante, fácil, divertido, conveniente y novedoso. El telefonazo de Babydoll, aquella tarde de agosto de 2008, era porque requería un traductor con urgencia. Ignoro por qué me había elegido y sobre cuántas personas más. En un país desdeñable como este y aquellos confines, en el que abundan sin control las multíparas y en el que, por lo tanto, resulta esta asquerosa competencia humana por espacio, alimentos y empleos, hallar un trabajo digno es tan difícil como conocer alguien que no esté contaminado con eso ridículo que denominan “cultura” (alias costumbre o moral). Ignorante, pues, del “por qué” Babydoll me había seleccionado, pero enterado de su urgencia, tenía el problema de cómo transportarme de mi casa a la suya en el menor tiempo posible. Se nos ocurrió consensualmente que el taxi era el medio más rápido para recorrer los más de veinte kilómetros de distancia, habiendo desaprobado la bicicleta, el bus y el Metro.


La mujer que me abrió la puerta de la “casa-oficina” fue la misma que me la había abierto hacía casi una semana, la primera vez, el día de la “entrevista laboral”. No era la portera del lugar, sino una de las tres mujeres que Babydoll tenía produciendo ganancias en el Chat. Al percatarme de la superficie descubierta de su abdomen, de su escote, de sus jeans estrechos, sus zapatos altos y su maquillaje, no pude evitar repetir la fantasía que se me había ocurrido el primer día de mi entrada en la “casa-oficina”: me había entonces imaginado “trabajando” para mujeres de un “sex Chat” en el cual yo me deleitaría mirándolas. ¡Deliciosa ocurrencia! ¡Devengar un pago por delicias visuales! La mujer en mención no era una Rosa Caracciolo en belleza. Antes, la morocha era una de esas que conocemos como “costeñas malucas” (mujeres poco agraciadas); pero su manera de exhibición me incitaba a esperar el hallazgo allá adentro de mejores ejemplares femeninos. Las dos mujeres que hallé en el segundo piso, en plena acción laboral, aventajaban en mucho a la morocha, tanto en la naturaleza como en sus modos de presentación. Una de ellas bailaba ante la cámara Web, adornada con un sombrero, jeans estrechos y una blusa con la que adrede había descubierto su ombligo. La otra, que se convertiría desde esa misma noche en la mujer que yo “trabajaría” durante los cuatro meses siguientes, estaba sentada con una minifalda imposible de desatender. Esta prenda probablemente era parte de un espectáculo prometido a los extranjeros del Chat para la noche –con este vocablo de “espectáculo” estoy significando que estas tres mujeres, Latinmelody, Eve y Rubi, se alternaban en posar y bailar a la cámara, vestidas con aquello que habían prometido horas previas al Chat, mediante correos selectivos—. Las tres horas siguientes a este recibimiento no solemne fueron más de expectativa que de adaptación. Aunque las actitudes, ropaje y palabras de las tres mujeres en mención desemejaban aquellas usadas en otros lugares de “encuentros románticamente heterosexuales”, como un restaurante o un jardín público, ninguna de estas me confirmaba estar en un “sex chat”. Se me ocurrió que aquello que estaba presenciando era una etapa de examen, en la cual el “traductor” había de ganarse la confianza de las compañeras y probar sus habilidades del inglés como del teclado del computador. Conjeturé consiguientemente que, una vez superase el examen, me promoverían al tercer piso, un lugar fantástico en el que un número mayor de tres mujeres estaban para deleitar al público masculino con sus desnudos televisivos y con sus juegos erotizantes. Esta fantasía mía no fue continua más que 24 horas, porque a la tarde siguiente, Latinmelody y Rubi, con quienes había coincidido afuera de la casa del 66-18, momentos antes del horario concertado para el inicio de mi segundo “Chat”, me desengañaron con una verdad tan indisimulada como desmaquillados sus rostros estaban: no solamente no presenciaría un show de desnudo adentro como parte de mi trabajo, sino además que todo lo que yo teclearía sería parte de un concierto para que ellas ganasen dinero, no respectivos “maridos”. Mentir y fingir en el “Chat” sería tan principal, que, de no hacerlo, la empresa de Babydoll se aniquilaría. Esta confesión de parte de Latinmelody y Rubi, si bien desvirtuó mi esperanza de colaborar con mujeres que se desnudarían ante una cámara, no me desmotivó para continuar trabajando para ellas. No renunciar al trabajo después de conocida la motivación de las mujeres para esto del “Chat” equivalía a aceptar una complicidad que no me pareció tan grave como los hechos posteriores.


A veces me pregunto si aquella vacancia que yo había llegado a suplir como “traductor” no había sido el resultado del escrúpulo de un “traductor” predecesor. Ciertamente, el anuncio gratuito que Babydoll había dejado en uno de los periódicos locales estaba destinado más al “reclutamiento” de mujeres para seducir extranjeros al “Chat”, que a la solicitud de “traductores”. Por eso, me sorprendió la facilidad con la cual Babydoll me vinculó a esa farsa colectiva en la que había degenerado la “agencia”. Durante los casi cinco meses que colaboré con ella (los otros seis siguientes fueron con su madre putativa), la desvinculación de los “traductores” se sucedía tan súbitamente como la deserción de esos trabajos indignos (ventas ambulantes) en los que nadie, o muy pocos, son asiduos. La palabra “traductor”, en esto de la conspiración de las “agencias de matrimonio”, como se entenderá poco a poco, según yo avance en mi relato, es tan engañosa como este nombre compuesto de “agencia de matrimonio”. La incumbencia de un “traductor” es más que traducir: es promocionar las mujeres de la “agencia” como si éstas fuesen artículos comerciales, es embaucar al “cliente”, es conspirar con “ellas”. Si a algún incauto el nombre de “agencia de matrimonio” aún importa la noción de una oficina en la que mujeres, o poco agraciadas, o muy exquisitas, o de ambición internacional, se hacen inscribir y aguardan a que les telefoneen para enterarles de que ya hay un hombre interesado en una de ellas, a ese incauto yo desengaño con aseverar que una “agencia de matrimonio” es en época moderna un negocio ciberespacial cuyo principal fin es el de seducir hombres a un Chat mediante la falsa promesa de que en éste ellos “conversarán” con hermosas mujeres “solitarias” y “desesperanzadas”. La falsedad de tal promesa está en que quienes “conversan” las más de las veces con ellos no son ellas, las mujeres ofrecidas como “buscadoras de matrimonio”, sino los “traductores”, hombres y mujeres a quien se confía la tarea de entretener en el Chat a los incautos extranjeros, para defraudarlos del dinero que pagan por cada “crédito”. Un “crédito” en esto del Chat es la posibilidad de transponer una palabra, una frase o una cláusula, del computador del extranjero que teclea al computador de la supuesta mujer galanteada. Un “what you are beautiful!” cuesta al extranjero incauto tanto como un mero monosílabo (yes, wow, hi, etc.), o como la trascripción del texto de una canción, según que aquello, esto o lo otro esté precedido del botón “ENTER”; esto es, que cada “crédito” es la posibilidad de mandar un símbolo, una letra, una frase, por medio de un “ENTER”. Por lo que yo pude inquirir, cada “crédito” está apreciado en un dólar, aproximadamente. Dicho lo cual, usted podrá ahora suponer cuán precioso resultaba al extranjero desarrollar un coqueteo. Finjamos, por ejemplo, que a uno de estos hombres, a quien nombramos Myron acá, resta solamente cinco “créditos” de algún paquete de cien que había comprado y consumido en anteriores sesiones de Chat. El incauto arriesga uno más en alguna de las “nuevas adquisiciones” de la “agencia de matrimonio” y en cuyo perfil leyó que era seria, romántica y diferente de las demás (frase trillada de la mayoría de los perfiles). Myron arriesga, pues, un crédito en “Hello, princess!”, temiendo que esa “hermosa princesa” no responderá, pues es demasiado bella para un hombre añoso y poco agraciado como él. Le restan cuatro créditos, de los cuales él no querrá arriesgar otro en la “supuesta mujer” galanteada si ella no le responde. Contrariamente a su temor, a Myron sobreviene una respuesta que el incauto no puede reputar como originaria de “la princesa” o de su “traductor”, porque los incautos, muchas veces, ignoran que “las princesas” están acompañadas de un traductor no automático. Supongamos que la respuesta es un “Hello, baby”, otra de las frases trilladas en el ciberespacio, y que Myron, feliz por el honor que la “princesa” le tributa con ella, gasta otro de sus “créditos” en complementar el galanteo iniciado: “you are really beautiful!” A Myron restan ahora tres créditos. Entre la “princesa” y su “traductor” no hay deliberación sobre lo que hay que responder a estas cuatro palabras recién prodigadas: están alternando su “seducción” entre varios incautos al mismo tiempo y no pueden más que sucintarse en un “really?”, que aunque valga literalmente por un “¿de verdad?”, intencionalmente vale por “sí, sí, imbécil, sigue. Queremos que acabes todos tus créditos con nosotros”. A Myron restan dos créditos ahora, de los cuales convertirá el penúltimo en un “princess, will you wait for me a minute while I buy more credits?” (Princesa, ¿me esperas un minuto mientras compro más créditos?) y el último en un “thanks”.


Si seducir hombres a un Chat es problemático, no lo es menos hallar mujeres “agraciadas” y jóvenes que acepten aventurarse en este trabajo en el que la paga varía, no solamente según las horas, sino según la “astucia” de ese cómplice que nombran “traductor” y según la tacañería o ambición de la dueña de la agencia. Quizás subsista alguna “agencia de matrimonio” en la que sus responsables no laboren con la falsedad del “Chat”; pero dificulto mucho en ello.


En esas dos primeras semanas de complicidad mía con aquellas mujeres, pensaba en el momento en que “Babydoll” me pagaría por mis horas de trabajo, tanto por la importancia del dinero como por la de desvirtuar el temor de que no lo hiciese. El impago podía ser la causa de la discontinuidad laboral del “traductor” anterior a mí, en vez de algún “escrúpulo” suyo. Esta posibilidad no había sido una invención mía, sino el resultado de una accidental conferencia con uno de los “traductores” anteriores, el cual, cualquiera día de esas dos primeras semanas, había coincidido conmigo en la puerta de entrada de la “casa-oficina” de Babydoll.


Preguntado si hacía mucho que aguardaba afuera, me respondió que sí. Preguntado si era uno de los “traductores”, me respondió que lo había sido. Preguntado por la causa de su desvinculación, me respondió que “el trabajo no era serio”, que Babydoll le adeudaba el pago de las horas laboradas y que cada vez que venía a cobrar, ella se le escondía. La aseveración del hombre era fidedigna, tanto más cuanto supe, algunos minutos después, que Eve y Latinmelody habían también estado afuera eludiendo al hombre desde que lo vieron conferenciando conmigo: en vez de acabar de llegar a la “casa-oficina”, se habían ocultado en algún lugar cerca desde el cual esperaban que el hombre desistiese de su intento de entrevistarse con Babydoll. Al final, cuando la requerida nos abrió la puerta, quizás ya desesperada de aquello mismo que Eve y Latinmelody esperaban, las rezagadas nos alcanzaron en la entrada y todos cuatro entramos simultáneamente.


Esa misma tarde, el hombre al que Babydoll, Eve y Latinmelody habían eludido desde diversos lugares recibió su pago de la primera, acaso precisada a hacerlo por la circunstancia.


Al componer esta memoria, mi intención no es favorecer ni vilipendiar a esa codiciosa mujer que dirigía maliciosamente la “agencia de matrimonio” con su sonrisa hipócrita casi incesante; pero entre los pocos hechos favorables que puedo citar como originarios de ella esta aquel de que no me falló en la paga merecida, aunque ésta no fuese siempre puntual. Este hecho casi quincenal me restituía a la duda de si aquella vacancia que Babydoll suplió conmigo como “traductor” no había sido el resultado del escrúpulo de un “traductor” predecesor. Lo cierto es que, cualquier día de estas dos primeras semanas, uno de los “traductores” que colaboraban con nosotros fue despedido por Babydoll como consecuencia de alguno de los melindres femeninos de Eve (pseudónimo de Evelin) contra él. Me era esta Eve extremadamente antipática y me pregunto ahora cómo ella no logró que Babydoll me despidiese también, pues desde el primer momento que la encontré, Eve evidenció una inexplicada antipatía contra mí. Fue quizás el defecto de una bienvenida de su parte lo que causó esa desavenencia entre nosotros durante todo el tiempo en que coincidimos en la casa-oficina. Para ella, yo no era más que un “engreído” que no frivolizaba mi trabajo como ella hacía con sus compañeros. Para mí, ella no era más que una frívola impertinente, poco agraciada, mentecata, de poca estatura. Fue un gran bien que Eve no hubiese sido la mujer con quien tenía que sentarme a embaucar hombres en el “Chat”, excepto muy pocas veces.

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