Capítulo Primero
El Anuncio Gratuito del Periódico – La Sorpresa del Telefonazo – Mi Extravío
En el mes de agosto de 2008, comencé un trabajo a destajo tan extraño, que muy pocos sospecharían que existe. Al calificarlo de extraño no intento decir que “nosotros” fuimos los inventores del mismo, sino importar la extrañeza causada con el descubrimiento de que ciertas “instituciones”, denominadas en español y en inglés, respectivamente, como “agencias de matrimonio” y “dating sites”, se hubiesen aventurado en un negocio que, hasta antes del desarrollo del ciberespacio, era el negocio de embaucadores “no pagados” que escribían a extranjeros, por correo aéreo, con el noble pretexto de iniciar una correspondencia heterosexual previa a la unión marital y que, una vez seducidos a creer la ficción, comenzaban a pedirles dinero.
El trabajo era para una tal “agencia matrimonial” de Medellín-Colombia, nombrada “I… Links”, en la cual fui vinculado en calidad de “traductor” de mujeres que estaban procurando emparejarse con algún extranjero, y había sido un logro fácil, casi impensable. Entre el hallazgo de aquel anuncio, redactado en inglés e impreso gratuitamente en uno de los periódicos locales de la ciudad, el cual, traducido, podía entenderse como “gana dinero mientras escribes en inglés por Internet”, y el telefonazo de la responsable del mismo, había mediado menos de seis días. La mujer, al otro lado de la línea telefónica, me explicó en qué consistía el trabajo mientras indagaba por mi habilidad para teclear y para escribir en inglés. Le respondí, no solamente que ambas habilidades eran positivas en mí, sino que podía también escribir en francés y en italiano, como autodidacta de estos idiomas que he sido desde mi edad veinteañera. La ventaja ofrecida de una pluralidad idiomática pareció no interesarle, como si no fuese tal. Acordamos una entrevista para las siete de la tarde de aquel día en lo que ella denominaba su “oficina”.
Recuerdo con displicencia la circunstancia de lluvia iniciada en algún momento previo al hallazgo dificultoso del lugar de la “cita”, y no acabada sino algunas horas después. Peor que la lluvia, era mi desorientación en aquel sector de la ciudad de Medellín, con el cual no estaba familiarizado. Había decidido partir de casa, vehiculado en la bicicleta, unas dos horas antes del tiempo acordado, para orientarme tranquilamente hacia la dirección señalada por la mujer del telefonazo. Más de una hora después de la partida, mi tranquilidad comenzaba a convertirse en desasosiego con el desacierto de la nomenclatura 66-18 y con la oscuridad del anochecer en aumento, equivalente a una ingrata retrocuenta: cuanta menos luz solar percibía, menor era la oportunidad de llegar puntualmente a la “cita”. En vez de siete campanadas, la hora siete, la hora acordada se notificaría con la oscuridad total del ambiente. Se me ocurría que un telefonazo, por el cual reconocería que me había extraviado, podía eximirme de la urgencia y hacerme merecedor de una “cita” para el día siguiente; pero el temor de que no me la concediese me abstuvo de hacerlo. Hice guías de unas tres o cuatro personas que encontré o alcancé en mi pedaleo errático, las cuales me indicaron cómo encaminarme, no hacia la casa numerada 66-18, sino hacia un centro comercial que estaba cerca de la casa.
Podía haber explicado mi impuntualidad de diez o quince minutos como un defecto de familiarización con el sector, pero nadie, ni entonces, al llegar a la casa-oficina, ni después, durante el casi año en que colaboré allí, me pidió una explicación. Como ciertos clítoris difíciles de hallar dentro de sus continentes labiales, así era la casa del 66-18: cubierta, disimulada, difícilmente accesible. Ni siquiera el 66-18 era legible. Mientras llamaba a la puerta, dudé que hubiese acertado con ella; pero la mujer que acudió a mi llamado me absolvió la duda, aun con su desgano de hablar conmigo.
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