Capítulo Cuarto – Sweetmartha
Además de estas tres mujeres que trabajaban para Babydoll y que cohabitaban con ella en la casa-oficina de lunes a sábado, Sweetmartha merece un capítulo aparte por muchas de sus diferencias conductuales respecto a aquellas. Sweetmartha era el seudónimo de Martha H. C., la cual conocí en el lugar la noche de un sábado, quizás dos semanas después de mi inicio como “traductor”. Su nombre y sus datos personales pertenecían a una hipotética nómina de mujeres que podían haber requerido la mediación de la “agencia” para hallar un “marido”. Si yo refiero lo de la nómina como una hipótesis, es porque no la vi durante el tiempo que yo trabajé para Babydoll, pero que se ha de suponer fácilmente, en consideración a que la “agencia” estaba registrada como tal en el directorio telefónico de Medellín. Presumo que el negocio de Babydoll, para la época en que yo fui vinculado a este, era la degeneración de algo que ella podía haber regido honestamente antes de la invención y popularización del Internet. Babydoll pudo acaso haber mediado efectivamente para que algunos extranjeros emparentasen con algunas de las mujeres que le pagaron para que sus nombres, fotografías y datos personales figurasen en una nómina de mujeres candidatas al rito del matrimonio. Por la relación de Sweethmartha y de otras dos mujeres que convinieron en lo mismo, Babydoll se valía del correo aéreo y de las fotos de papel, para ello. Yo supongo que el extranjero, habiendo seleccionado alguna de las colombianas de un “catálogo”, enviaba a la “agencia” de Babydoll la carta destinada a adularla, y que aquélla la traducía, con lo cual se iniciaba una breve correspondencia epistolar que, finalmente, resultaba en la venida del extranjero a la casa-oficina, para tratar personalmente a la “elegida”.
Un antecedente como este parece haber sucedido a Sweethmartha. Si no lo asevero como un hecho es porque solo ahora dudo de la mayoría de las relaciones que ella me refería y que yo creía amistosamente entonces. Tengo aún por verdadero que Sweethmartha había concebido accidentalmente una hembra nombrada Dayana, a quien, en la época en que yo la traté personalmente, atribuían trece años de edad; pero, por incierto, que el genitor de Dayana fuese ese desconsiderado que, una vez enterado de la accidental generación, se desentendió tanto de los cuidados que la gestante esperaba como de aquellos que la recién nacida merecía. Confieso que esta historia o mentira sobre el padre de Dayana había sido de mi total crédito hasta hace algunos meses, aún mucho después de que Sweethmartha había unilateralmente declarado acabada nuestra amistad. Los hechos que acontecieron después de esa declaración ahora me hacen sospechar que el designio de esta mujer no era el de instituirse como esposa de un extranjero, sino el de conseguir la ciudadanía estadounidense. Y con esta duda, muchas otras inciden, entre las cuales aquella sobre el genitor de Dayana: ¿era él de tal vileza cual Sweethmartha quería significar, o, por el contrario, era un hombre honesto que ella abandonó por alguno de los melindres femeninos, o por su ambición de habitar en Estados Unidos?
Repito, pues, que Sweethmartha era quizás una de esas mujeres que se habían inscrito en la “agencia de matrimonio” en aquella época cuando la red de Internet no se usaba aún para embaucar hombres en el Chat y cuando Babydoll se valía del correo aéreo para agenciar el galanteo internacional. Fue así como Sweethmartha, un año, o dos, antes de mi iniciación en la “agencia” había conocido personalmente a un hombre de quien sabía nada sino su nombre y algunas de las adulaciones enviadas por correo a la dirección de Babydoll, las cuales ésta le traducía. Lo que estoy significando es que Sweethmartha, y quizás cuántas mujeres más, se había prometido en matrimonio a un hombre de aspecto desconocido, o apenas descrito, o apenas expuesto en una vieja fotografía. Cuando el hombre en mención vino a conocerla personalmente, la “cita a ciegas” resultó exitosa: subsistió la promesa de matrimonio entre ellos, aunque el aspecto del galanteador no hubiese sido más ventajoso que las cartas adulatorias, y, consecuentemente, ambos comenzaron a prepararse para asociarse como esposos: él, regalándola con cosas comerciales, entre las cuales un anillo de compromiso; ella, correspondiendo con cosas incomerciables, pero no por ello inválidas. Una tarde cualquiera, él telefoneó a la casa de ella, como solía hacer desde su venida a Colombia y desde la ratificación de la promesa matrimonial. La persona que respondió el telefonazo no era Sweethmartha, sino la hermana, la hija o la madre, quien dijo que ella no estaba en casa en el instante. Cualquiera puede opinar que la ausencia de casa de una galanteada es nada grave, pero Sweethmartha refiere el hecho como la causa por la que el galanteador se agravió hasta el extremo de hacerse irreconciliable y pedir en devolución todo lo que había dado, incluso el anillo. Ignoro si fue la primera vez que él la halló ausente de casa, pero tengo que deducir que el agraviado se enceló por esa poquedad, a no ser que yo quiera sospechar que ella se ausentaba de casa con una frecuencia que no sabía explicar al celoso telefoneante.
Ignoro también si Sweethmartha, después de esta frustrada correspondencia, había continuado buscando la sociedad marital diferentemente que por la “agencia” de Babydoll. Lo cierto es que aquella noche de sábado, Sweethmartha acudió a la casa-oficina, con una impuntualidad que se haría continúa en posteriores citas: había sido emplazada para las seis horas de la tarde, pero había llegado después de las siete. Era relativamente agraciada como Latinmelody, aunque un poco más alta; bella, aunque no hermosa. El trato amistoso de una persona con otra, en la diferencia heterosexual, tiene un no sé qué de embellecedor, o quizás Sweethmartha se sometió a una metamorfosis artificial para embellecerse durante el breve tiempo en que estuvimos amistados. Si la primera vez que nos encontramos yo la hubiese puntuado con un seis de diez, en la última, tendría que haberla puntuado con un ocho. No era solamente la prominencia de sus tetas, agrandadas artificialmente a un mes de haberla conocido, sino que había algo más en ella que la diferenciaba de aquella mujer carrilluda de la primera vez. No es desatinado suponer una cirugía plástica del rostro, aunque tampoco extravagante el presumir que entre la primera imagen y las últimas podía haber mediado ciertos sentimientos, tantos suyos como míos, por los que o ella había reasumido el uso de maquillaje y de otra coqueterías, o la adaptación visual de su ser en el mío había corregido las desproporciones con aquel delicioso congraciamiento que rinda la aparente amistad. Si menciono su coquetería, no estoy significando que Sweethmartha se había propuesto coquetear conmigo, sino que nuestras primeras sesiones de Chat la habían esperanzado súbitamente en el designio de hallar la sociedad marital: dos hombres de Estados Unidos se habían mostrado sobremanera interesados en ella, los mismos que serían la causa por la que, dos meses después, ella y yo nos desamistaríamos.
Como yo dije arriba, esta mujer, que Babydoll había nombrado Sweethmartha, pertenecía a una hipotética nómina de mujeres que podían haber requerido la mediación de la “agencia” para hallar un “marido”, lo cual la eximía aparentemente de aquella ficción colectiva que Babydoll y sus tres subordinadas mantenían en el Chat. Esto es que Latinmelody, Evelin, Rubi asentían a prestarse a sesiones de Chat por una paga quincenal, sin considerar el daño que podían causar a los extranjeros que resultasen enamorados de esa aventura mercenaria; mientras que Sweethmartha se declaraba como una mujer desinteresada de los regalos que pudiesen ser ofrecidos en sus sesiones, y del dinero que Babydoll le ofrecía para que participase de la compañía de embaucadores, su único designio, según Sweethmartha, siendo aquel de hallar un hombre extranjero, sin la expectativa de que este hombre fuese bello ni rico, ni joven. Lo que Sweethmartha decía de los regalos era cierto: durante esa brevedad de dos meses en los que yo estuve amistado con ella y que fui su “traductor”, disuadió a algunos de sus galanteadores de la oferta de un computador portátil, joyas, y la financiación de un aprendizaje del idioma inglés. A tales ofertas exorbitantes ella respondía que deseaba solamente el amor de un hombre.
Tengo también casi por cierto que Babydoll no pudo persuadir a Sweethmartha para que trabajase con ellas, lo cual no ha de entenderse como que la primera no derivaba lucro de la segunda: no hay que olvidar que cada minuto de Chat es lucrativo tanto para los que señorean como para los que administran el fraude de los “Dating Sites”. Me era evidente que Sweethmartha se sentía incómoda en la casa-oficina, quizás por la presencia en ella de Latinmelody y de Evelin, de quienes estaba distante y para quienes ella era una “extraña”, o quizás por repudio de lo que se hacía en el lugar. A Sweethmartha era tan ingrata la casa-oficina de Babydoll, que la mayoría de nuestras sesiones de Chat fueron hechas desde “café-internets”, en los días que yo no tenía que trabajar con Latinmelody: sábados y domingos. Estas sesiones estaban autorizadas por Babydoll, a quien yo tenía que reportar el número de horas de las mismas, para que me las pagase quincenalmente.
Si el negocio de Babydoll era el lucrarse de la ignorancia de los extranjeros respecto al motivo verdadero por el que sus tres “camaradas” se sentaban al computador, de lunes a viernes de 6 p. m. a 10 p. m., ¿por qué aquella había concedido a Sweethmartha la posibilidad de sesiones de Chat desde otro lugar que la casa-oficina, con la asesoría de un “traductor”, sabedora de que su designio era bien diferente del propio? Se me ocurre, como respuesta a la duda, que aquello no era un obsequio amistoso de Babydoll para con Sweethmartha, sino un método para intentar seducirla al grupo, el cual le resultó un fracaso. El intento no era nuevo: veces anteriores Babydoll le había propuesto que trabajase para ella, a lo que Sweethmarta respondía con la mentira de que estaba trabajando para una agencia de viajes y que, por lo tanto, no podía asistir a las sesiones de Chat de la casa-oficina.
Como está dicho, cada minuto de Chat es muy lucrativo; pero, en este negocio, nadie sabe quién engaña a quién: o Babydoll recibía una pequeña comisión por los Chats de Sweethmartha, o aquella no estaba satisfecha con lo mucho que lograba de éstos, porque varias veces me advirtió que lo que yo estaba “produciendo” con Sweethamartha no bastaba siquiera para pagarme, advertencia que yo no desconsideraba, y en consecuencia de lo cual procuraba seducir más hombres a entretenerse con nosotros. Con aquella opinión que yo tenía de Sweethmartha, a quien tenía por honesta y diferente de las mujeres frívolas, aunque reservada, decidí que, si Babydoll desautorizaba las sesiones de Chat con aquella, yo continuaría asistiéndola como “traductor” aunque fuese gratuitamente.
Según los hechos, yo no era la única persona propiciada con aquella opinión de ser Sweetmartha honesta y diferente de las demás: desde nuestra primera sesión de Chat dos extranjeros parecían consentir en este parecer y se confirmaban en ello cada vez que la galanteada aseveraba que “no procuraba dinero ni regalos”, aseveración que podía resultar paradójica cuando comparada con la pedigüeñería de las demás mujeres reclutadas por “russianlovematch”. ¿Qué tan verdadera era Sweethmartha cuando aseveraba que “no procuraba dinero ni regalos”? Esta es una cuestión que solo ahora me ocurre, y que no puedo decidir por la distancia, tanto real como ideal, que tengo con respecto a ella y a sus dos “enamorados”. Aquella certidumbre mía de una Sweethmartha honesta se convirtió en una duda, como sus tetas en unas supertetas. Uno de aquellos dos extranjeros a los que me he referido como asiduos “galantes” tampoco ha de estar ahora seguro sobre esta mujer, por no haber sido el “elegido”, circunstancia que le bastará para hacerle dudar si Sweethamartha no era una farsa más como las demás mujeres de “russianlovematch”. Esta es la oportunidad para introducir acá a estos dos personajes que rivalizaron inadvertidamente por una misma mujer, sin sospechar la rivalidad, sino que yo se las descubrí. Predicar de Pedro Sotolongo y de Dwayne es como hacer una antítesis: el primero es un ser pequeño, de piel oscura, nacionalizado en Estados Unidos, inmigrante de Cuba. Dwayne es un “rubio” alto, obeso, y tan estadounidense como el mismo Hollywood, al menos por lo que consta en la única fotografía que vi de él en el tiempo en que lo tratamos a través del Chat. El primero decía ser un hombre pobre que se había licenciado de abogado tras años de estudio costeado con diversos trabajos afanosos, entre los cuales lavador de platos. El otro decía ser un rico empresario, gerente de una empresa de servicios de Internet. Esto evidencia que ambos procuraban congraciarse diferentemente con Sweethmartha: el uno, significando que era un afanador, alguien que había prosperado poco a poco hasta conseguir licencia de abogado, una casa en Miami y una hermosa camioneta; el otro, que era un aventajado de nacimiento, con una casa que se asemejaba a un castillo (nos enviaba fotos de la fachada y del interior), y con una empresa por la que esperaba hacer millones de dólares en un futuro cercano. El cubano aseveraba ser padre de no sé cuántos hijos, uno de los cuales vivía con él, una niña, por ser la menor de ellos. El rival del cubano afirmaba ser padre de un niño nombrado Ryan, quien habitaba con él.
Poco puedo citar como semejante entre los dos rivales; por ejemplo, que ambos estaban divorciados y que hablaban nada de sus “conciudadanas” estadounidenses, como si las mujeres de “russianlovematch” fuesen sus últimas oportunidades de ejercer la sexualidad en la reglamentación de un matrimonio. Que el uno era pequeño y el otro alto; o que el uno era mayor en edad que el otro en diez años; o que el uno era más adinerado que el otro, eran diferencias sobre las cuales Sweethmartha no dejaba trascender una opinión. Aquella sospechosa aseveración de que “la apariencia del hombre” no era definitiva era solo admisible si ella hubiese sido una invidente. Si su designio era solamente conseguir la ciudadanía estadounidense, hasta el hombre menos agraciado o el más añoso de Estados Unidos tenía la misma oportunidad que estos dos personajes que estoy mencionando en esta memoria. Esto de que “la apariencia y la edad de un hombre” no son circunstancias de considerar era el lema de todas estas mujeres que embaucan extranjeros en el Chat de “russianlovematch” y de muchos otras páginas de “Dating Sites”; pero esta mujer, Sweethmartha, era aparentemente consecuente con lo que decía: ella, en esa brevedad de dos meses en los que la asistí como “traductor”, nunca construyó una burla o un vilipendio contra alguno de esos hombres que se alternaban en el Chat para galantearla. Como dije al principio de este capítulo, mi admiración de esta mujer no era tanto por su forma como por su conducta. No había en ella algo que supusiese la veleidad de otras mujeres. Quizás era muy astuta y se había preparado de tal manera, que evitaba expresar y actuar todo cuanto pudiese descubrir su “verdadero designio”, supuesto el caso de que “lo del matrimonio” con un extranjero era una falsedad para conseguir la ciudadanía extranjera. Lo contrario ocurría con Latinmelody y la frívola Evelin, quienes no disimulaban conmigo la burla que hacían de las fotos de sus “galanteadores” del Chat, la mayoría de ellos siendo hombres seniles que se habían descuidado hasta la indecencia de la obesidad o de la flacura, quien con una papada, quien con una calvicie.
No dudo que Pedro y Dwayne consentían conmigo en esta buena opinión sobre Sweethmartha, la cual, aunque podía estar actuando tan falsamente como las otras mujeres de “russianlovematch”, lograba aparentar una honestidad sorprendente. Por virtud de este crédito de mujer honesta, antes que por cualquier virtud formal (en el catálogo en línea de “russianlovematch”, las ucranianas aventajaban a las latinoamericanas en belleza), los dos rivales fueron asiduos en galantearla, cada uno de los cuales con la seguridad de que no había otro hombre en rivalidad. En cada una de nuestras sesiones de Chat, habíamos de alternar la conversación de Pedro con la de Dwayne, sin dejar que el uno sospechase de la existencia del otro. La prosa castellana del primero suponía un esfuerzo económico, pues se dividía en cláusulas prolijas que él enviaba con un solo “ENTER”; en tanto que la prosa inglesa del segundo, una gran generosidad, pues parecía no escatimar un dólar para enviar una sola palabra, lo cual, de palabra en palabra, de “ENTER” en “ENTER”, podía importarle la pérdida o la inversión de una fortuna pecuniaria. En esta prodigalidad de “ENTERS” y en esa facundia adulatoria, Dwayne dejaba trascender una romántica fantasía en la que la adulada y el adulador generarían un ser femenino que había de nombrarse “HOPE”, y quizás otros más, masculinos o no, como consecuencia de ese deseo manifiesto de coitar día y noche con la futura esposa. De estas fantasías verbalizadas, ni Ryan ni Dayana, los hijos ya existentes, estaban excluidos. Dwayne prometía que Dayana asistiría a una de las mejores escuelas de Kentucky y que le prodigaría, cada mes de diciembre, centenares de regalos. Ni la madre ni la hija, una vez llegasen a los Estados Unidos, volverían a viajar en bus, sino en vehículo privado. Las visitas a “Disney World” menudearían tanto como las idas al cine, etc.
En su parsimonia de “ENTERS”, la facundia de Pedro, aunque era tan adulatoria como la de Dwayne, no era fantasiosa. El cubano prefería hacer prevalecer sus cualidades personales sobre aquellas de un posible bienestar financiero: en vez de castillos, autos privados, o centenas de juguetes dirigidos a Dayana, él como que significaba que la mayor fortuna de Sweethmartha sería el Pedro que había aprendido cinco idiomas por autodidactismo, el Pedro que conocía todo cuanto estaba trillado por los historiadores, desde el descubrimiento de América hasta el nombre del último presidente de Colombia, el Pedro que se lisonjeaba de poder partir no sé cuántos ladrillos de un manotazo, el Pedro que entretendría a su esposa con una composición oral diferente para cada día, el Pedro que no tocaría a Sweethmartha, sin su consentimiento, ni siquiera con el “pétalo de una rosa”.
Para ella, esta correlación suya con Pedro y Dwayne, sin que el uno sospechase la rivalidad del otro, era inocente. Opinaba que no podía elegir uno de los dos sin haberlos careado personalmente y que en alguna posteridad les confesaría lo ocurrido. Yo podía haber consentido con ella, pero empezaba a reputar como grave que ambos se comportaban como si nada ni nadie pudiese entonces impedirles la sociedad marital con Sweethmartha: el cubano escribía sobre la necesidad de enviarse mutuamente fotos y composiciones que emplearían después como evidencia de la relación prematrimonial en el intento de conseguir la visa estadounidense. El primer viaje suyo a Colombia había de realizarse antes de que el mes de diciembre de 2008 acabase, según él escribía, y durante su estancia en Medellín podía ocurrir ese delicioso coito suyo con Sweethmartha que él había de estarse anticipando, según su propuesta de que uno de sus primeros hechos al llegar a Colombia fuese someterse a un examen de SIDA, para tranquilizar a Sweethmartha sobre su salud. En tanto, Dwayne, con su imaginación de múltiples coitos, proponía Ecuador y Panamá como países en los que él y Sweethmartha podían reunirse sin el riesgo de ser “raptado”. Dwayne aseveraba que los otros socios de la empresa de la cual él era gerente y copropietario no lo dejarían venir a Colombia por temor de un “rapto”.
Era tal la confianza que cada uno de los dos rivales derivaba de sus “fortunas” -la una insinuada por la hazaña de haber Pedro inmigrado a Estados Unidos, trabajado y estudiado allá, y la otra señalada con el hecho de ser Dwayne el gerente de una empresa de Internet que había de prosperar mucho en el futuro cercano- que ambos se sentían ya licenciados para fantasear con aquello que no había de fantasearse sino después del primer beso, o del anillo de compromiso, o de la promesa formal de matrimonio. Ciertamente, esta mujer no engañaba a Pedro y a Dwayne como las otras mujeres de “russianlovematch” engañaban a los demás usuarios: su engaño consistía en dejar a ambos con esa confianza que había de resultar necesariamente en un daño para alguno de los dos. El engaño no podía mantenerse perpetuamente: tarde o temprano, uno de los dos había de conocer que estaba en una circunstancia de rivalidad, pero esa verdad podía concederse tarde, para cuando el otro ya estuviese apoderado como marido de Sweethmartha.
Fue con esta consideración y después de mucho porfiar que persuadí a Sweethamartha para que confesase la rivalidad a uno de ellos al menos: al cubano, siéndome imposible inducirla a hacer lo mismo con el otro. Ella decía que Dwayne no la perdonaría por no haberse sincerado desde un principio y que no quería perderlo. Yo redacté la confesión y Sweethmartha, tras hacérmela leer, me autorizó para que la enviase a la “cuenta de correo electrónico” que Pedro tenía en “russianlovematch”. La respuesta del cubano, un día después, fue tan patética como temíamos: escribió que ya había sospechado sobre esa rivalidad por la actitud de ella durante los chats, los cuales le hacían antojarse que ella se alternaba con alguien más, que él era nuevamente un “perdedor”, y que desesperaba de ser el elegido. Le pidió que no cesasen de ser “amigos” y aconsejó que cuidase bien a ese “otro”. Con tal manifestación de miseria de parte del cubano, Sweethmartha y yo conferenciamos cómo podíamos remediarlo de ella; esto es, cómo confortarlo. Ella parecía entristecida con la novedad, porque la confesión, aunque ofensiva y casi tardía, estaba destinada a aventurarse como una muestra de “honestidad”. La confesión no era una sentencia electiva en la que el cubano estuviese señalado como “no elegido” o “no elegible”. ¿Por qué un hombre que se lisonjeaba de haber aprendido cinco idiomas con el autodidactismo, de haber entrado en Estados Unidos, de haberse licenciado como abogado con la industria de su trabajo y de poder dañar no sé cuántos adobes con un manotazo, renunciaba a ser el rival de alguien desconocido, ignorando si ese “otro” le aventajaba en algo? Esta cuestión había de estar contenida, aunque diferentemente enunciada, en aquello que yo había de redactar para confortarlo a nombre de Sweethmartha. Persuadirlo a que continuase en la competencia por ella, no era solo la tarea que ella me confió, sino también una necesidad propia proveniente de un sentimiento conmiserativo. Si el intento era confortarlo, yo no había de señalar que ese “otro” podía ser rico, alto y rubio como parecía, sino un hombre con la desventaja de la cobardía. Con ningún otro nombre podía yo referirme más convenientemente al hecho de que Dwayne evitaba venir a Colombia a rescatar su “princesa” de entre los criminales abundantes, entre narcotraficantes, guerrilleros y ladrones, que él había supuesto exageradamente como existentes en este país. Que aquel que fuese el primero en presentarse ante ella sería el ganador, como ocurre con la hipotética competencia de los espermatozoides por el óvulo, fue una ocurrencia sincera de mi parte al redactar mi tarea, motivada en el crédito de mujer honesta que yo sentía respecto a Sweethmartha. Siendo creíble aquello de que ella no procuraba belleza, juventud, o riqueza en un hombre, el exhortar al cubano para que abreviase en su venida a Colombia tenía más de iniciativa propia que ajena, al mismo tiempo que me parecía un excelente consejo que el receptor no había de desconsiderar, en atención a que una reunión entre Dwayne y Sweethamartha en Ecuador o en Panamá era, para mí, poco factible.
En efecto, todo lo que escribí para confortación de Pedro parecía haberle aprovechado mucho más de lo que esperábamos: en su respuesta epistolar, al día siguiente, él reasumía la fortaleza de voluntad que había mostrado durante la ignorancia de la rivalidad con Dwayne, prometiendo simultáneamente mantener un amor de amigos en caso de que no pudiese ganar el amor de pareja que tanto deseaba. La fecha de su venida era aún incierta: sus ocupaciones laborales era lo único que él alegaba como la causa dilatoria de la misma. Veces anteriores había sugerido las dos últimas semanas de diciembre del 2008 como el tiempo en que estaría con ella y con Dayana, y que sería la oportunidad de conocer el adornado de la ciudad de Medellín.
Ignoro la causa por la que Pedro dilató su venida a Colombia, la cual él realizó, acaso ya tardíamente, en Julio del 2009, cuando ese “otro” podía ya haber consumado el primer beso con Sweethmartha en algún lugar de este planeta fuera de Colombia, y, con ese beso, logrado su exclusividad y promesa de matrimonio. En el momento de escribir estas memorias, yo podía conocer la causa o el motivo de esa dilación por la que Pedro pudo haber permitido que el “otro” se le adelantase en aquello de presentarse a Sweethmartha, de no haber sido porque ella, a principios de enero del 2009, declaró acabada nuestra incipiente amistad por algo que yo hice y que ella no se atrevía hacer: confesar a Dwayne la rivalidad que ella mantenía entre él y Pedro. ¿Por qué lo hice a sabiendas que ello podía importar nuestra desamistad? En mi respuesta a esta pregunta, ya no he de alegar el mismo motivo que alegué para persuadir a Sweethmartha a sincerarse con Pedro en esto de la rivalidad. Yo sabía que si confesaba a Dwayne las circunstancias de competencia con las que él estaba apeteciendo y galanteando a mi “amiga”, la posibilidad de que él continuase en esa rivalidad sería muy poca, cierto como yo estaba de la soberbia suya. Por eso yo hice la delación, a nombre propio, con la pretensión de que Pedro quedase como candidato único. Al hacerlo, yo pretendía, simultáneamente, ejecutar una retaliación contra la soberbia de Dwayne, soberbia que se había manifestado en su continuada jactancia de “adinerado”. Si en nuestras primeras sesiones de Chat con Pedro y Dwayne, este último se me antojaba como el “elegible”, no más por la fantasía de una Sweethmartha habitante de un “castillo” que por el temor de que se esposase a un machista latino, los chats posteriores y algunos correos electrónicos alteraron mi opinión. ¿No era preferible Pedro a Dwayne, el primero porque sabía tanto de Colombia, que conocía hasta el nombre de su último presidente, en tanto que el segundo la confundía con cualquier otro indeseable país africano o con alguna tierra medieval completamente desconocida? ¿No era preferible el cubano, que había mostrado su rostro por la cámara Web, con su bigote tan nada sexy como la colección de vellos entre sus axilas, a aquel “otro”, el rubio millonario, que pretextaba estar en una “dieta” para no enviar fotos de su superficie obesa, ni para dejarse ver a través de la cámara? La respuesta es un sí. Yo prefería Pedro a Dwayne, aunque en un principio hubiese yo preferido éste a aquel; y tanto, que, en un correo electrónico secreto, yo había pedido a Dwayne que cuidase muy bien de Sweethmartha para cuando estuviesen cohabitando juntos en aquel “castillo”.
Con la delación de la candidatura del cubano hecha al “millonario”, esperaba favorecer al primero. Me fastidiaba la seguridad mostrada por el fanfarrón de Dwayne en su pretensión de reunirse con Sweethamartha en la casa de un “rico” amigo suyo en Ecuador, más para coitar con ella que para dialogar. No era envidia lo que me condicionaba esta contrariedad. Si Sweethmartha y Dwayne querían coitar juntos, eso me importaba ningún daño; pero que el uno estuviese amañando las circunstancias del coito a su manera y que ella consintiese a esos preparativos sin alguna exigencia hacían parecer que la fanfarronada del dinero la estaba seduciendo a todo cuanto el fanfarrón quisiese. Que el fanfarrón mencionase en sus chats y sus correos la posibilidad de ganar millones de dólares en un “futuro cercano” con su empresa de Internet, pero que pidiese a Sweethmartha buscar tiquetes aéreos baratos en la supuesta agencia de viajes donde ella trabajaba era una contradicción evidente que ella no quería reconocer o fingía no conocer. Me pregunto ahora si era tal la ambición de esta mujer de conseguir la ciudadanía estadounidense, que asentía a la oferta de reunirse con un hombre en algún lugar de Ecuador, un hombre de quien no conocíamos sino una fotografía, y que se avergonzaba, hipotéticamente, de mostrar sus canas y su sobrepeso a través de la cámara Web, pero que se jactaba de su “fortuna pecuniaria”, la cual, o no le bastaba para pagar a la galanteada tiquetes aéreos de primera clase, o quería conservar atesorada, como muchos avaros hacen.
El 8 de enero del 2009, o quizás uno o dos días antes, este fanfarrón de Dwayne me respondió soberbiamente un cuestionario personal que yo le había enviado por correo electrónico y que estaba destinado a interrogarlo sobre su reticencia para enviarnos fotos suyas y para dejarse ver en la cámara Web. ¿Qué estaba ocultando? Esta era la cuestión. ¿Era un sexagenario en vez de un cincuentón? ¿Estaba en una prisión? ¿Le faltaba una parte del cuerpo? Dwayne respondió a todo esto con una soberbia satírica indigna de alguien que procuraba guardar a Sweethmartha de patrañeros. Me dijo, entre otras cosas, que él no estaba seguro de que ella fuese la “princesa” que había de cohabitar con él en aquel “castillo”, porque no deseaba ser el esposo de una mujer que estaba siendo “controlada” por un “traductor”; que él jamás mentía; que además de ser el gerente y copropietario de la empresa de Internet, su familia poseía estaciones de radio en Kentucky, y que me perdonaba por haberlo cuestionado. Esta soberbia suya, ya manifiesta en los chats y los correos electrónicos entre Sweethmartha y él, ahora confirmada en el correo dirigido hacia mí, me decidió a dañarle su fantasía. ¿Qué opinaría Dwayne de su “princesa” cuando yo le enterase de que esta tenía a otro hombre esperanzado con el goce de aquello que él fantaseaba?
Por aquellos días de enero, los dos rivales podían alternar con Sweethmartha sin la mediación mía, pues empleaban los servicios gratuitos de Chat y de correo de Hotmail en vez de aquellos dispendiosos y fraudulentos de “russianlovematch”, además de los teléfonos. Yo era quien había facilitado esa independencia, no por iniciativa propia, sino ajena: en el caso de Dwayne, temprano en el mes de noviembre del 2008, él me pidió que permitiese el intercambio de cuentas de correos y de números telefónicos porque ya había hallado su “princesa” y no quería continuar derrochando su dinero con “russianlovematch”. Yo consentí. Sweethmartha no era la primera ni la última de las mujeres a quienes yo consentí el infringir una de las reglas de la “agencia”, aquella de no intercambiar datos personales. Ni era yo el único “traductor” que consentía estos intercambios: la frívola Evelin había conseguido engañar a Babydoll durante semanas, manteniendo los chats que le hacían ganar comisión, pero con un Chat secreto y simultáneo con un soldadito a través del Messenger de Hotmail. Ella y su “traductor” persuadieron al soldadito a que enviase un computador portátil a casa de Evelin y a que le girase el dinero para pagar una conexión de Internet domiciliaria. Por todo lo que supe, el soldadito giraba a Evelin mensualmente una incierta cantidad de dinero. Latinmelody también había infringido la regla, y, consecuentemente, se correspondía por el correo gratuito con un “mono” de ojos azules o verdes y con un hombre de origen mexicano; pero ignoro si ella había conseguido algún beneficio pecuniario con esta correspondencia secreta. Lo mismo he de decir de Sandgom sobre la infracción de la regla, quien además de intercambiar cuentas de correo ordinario y electrónico con un tal Patrick y un tal Myron, intercambió números telefónicos y regalos con este último, como más adelante narraré.
En el caso del cubano, no fue él quien buscó prescindir de “russianlovematch”, para continuar su relación con Sweethmartha por un Messenger gratuito y por teléfono: fue ella quien me pidió filtrar o su cuenta de correo o su número telefónico, lo cual resultó sorprendentemente difícil, porque el incauto o el suspicaz de Pedro estaba renuente a consentir con nuestro propósito. Quizás el cubano no estaba convencido de que “russianlovematch” estaba designado para defraudar a los hombres de su dinero, que el 99% de las mujeres del sitio eran nada más que un “señuelo”, ni que Babydoll, aquella “afable” y “aduladora” mujer que le escribía a su cuenta como “una bondadosa traductora que quería enseñar el idioma inglés a las chicas de la agencia” era realmente la ambiciosa y patrañera responsable de la “agencia” que, no contenta con la comisión pagada desde Estados Unidos por la ficción de sus muchachas, estaba procurando obtener un lucro adicional con aquella patraña de “querer enseñar el inglés”, lucro que podía resultar del pago de un “curso de inglés”, si Pedro lo hubiese comprado, o de la posesión de artículos audio-visuales útiles para la “enseñanza del inglés”, si Pedro los hubiese enviado, como pretendía hacer.
Quizás Pedro no estaba convencido de estos hechos, aunque Sweethmartha y yo le habíamos advertido de estos. O quizás Pedro temía que una correspondencia con Sweethmartha por fuera del sitio de “russianlovematch” podía resultar en algún fraude inducido por ella, hipótesis que es nada absurda en consideración a las manifestaciones de suspicacia que el cubano mostraba a veces.
En fin, yo logré que Pedro obtuviese el número telefónico y la cuenta de correo electrónico de Sweethmartha después de fallidos intentos en los que he de suponer o que el hombrecillo no era tan astuto como él se reputaba, o que yo era demasiado enigmático en el método de filtrar los datos.
Bien recuerdo que la última vez que me entrevisté con Sweethmartha fue una tarde, días antes de la celebración que los “costumbristas” denominan “navidad”. Aquella sería la primera vez en que Sweethmartha utilizaría el Messenger gratuito de Hotmail para corresponder con Pedro, y verse mutuamente a través de la cámara Web. ¿Qué hacía yo allá si el Chat era entre dos personas hispanoparlantes? Sweethmartha me había requerido para que le ayudase a configurar el Chat, porque, según ella, carecía de experiencia en esto del ciberespacio. Ambos parecían estar felices durante las más de tres horas que el Chat se extendió. La felicidad del cubano estaba condicionada quizás por el hecho de que Sweethmartha no hubiese cesado de sonreír y corresponder durante las tres horas, sin la menor burla o muestra de melindre por aquel hombre descamisado, de vellos en las axilas, de bigote, de no sé cuántos centímetros de estatura, ni cuántos pelos en su calva… Era la primera vez que Sweethmartha lo veía diferentemente que en aquella foto en la que había sido fotografiado con lentes oscuros… Era la primera vez que lo veía moverse, reír, cantar, hablar, ostentar sus incipientes bíceps braquiales… El cubano quizás opinaba que si todo aquello que él dejaba trascender a través de la cámara no causaba un ademán de burla ni de melindre era porque Sweethmartha lo amaba, como había sido escrito en los correos y en los chats de “russianlovematch”.
En cuanto a la felicidad aparente de ella, podía ser solamente una falsa apariencia, o acaso estaba en efecto feliz por algo relativo a su fantasía de esposarse a un extranjero de Estados Unidos, aunque ese algo no fuese el fin, sino el medio, como de conseguir una ciudadanía extranjera, o de laborar fuera de Colombia, o de estar cerca de una amiga paisana suya que había inmigrado a Estados Unidos y con quien correspondía asidua y amistosamente.
La venida del cubano a Colombia parecía estar decidida para antes de la segunda semana de enero del 2009, aunque tenía por mejor si pudiese venir para el día del aniversario natalicio de Sweethmartha, dos o tres días antes del fin de año, no recuerdo precisamente qué día. La reunión propuesta o casi impuesta por Dwayne para realizarse en algún lugar del Ecuador estaba aún incierta. Ella decía que no podía ser sino después de febrero. El cubano había comprado regalos para Dayana, la hija de Sweethmartha, y para ella, los cuales había mostrado a través de la cámara Web, con la promesa de traerlos. El fanfarrón de Dwayne quiso también regalar a Sweethmartha con una sorpresa enviada por correo, pero falló en el supuesto de que el regalo llegaría precisamente el día del aniversario, pues aún en enero nos preguntaba si había llegado el paquete. Yo sería el padrino de la boda entre Pedro y Sweethmartha, según ellos parecían haber decidido. Yo trabajaría para Dwayne en no sé qué, pero que estaría hecho desde Colombia, pues nunca me dijo que él me ayudaría a emigrar. Todos estos eran los antecedentes de aquello que, siendo falso, fingido o sobrevalorado, se alteró súbitamente en una aparente desamistad recíproca de los cuatro personajes: la delación que hice a Dwayne de que Sweethmartha tenía esperanzado a otro hombre con aquello que él estaba fantaseando parecía haberme aprovechado en mi propósito de dañarle su fantasía. Uno o dos días después de la delación, Dwayne me escribió un correo electrónico que yo no aguardaba –teniendo yo por cierto que al comenzar él a odiar a Sweethmartha, sentiría lo mismo contra mí, su “traductor”, su “asesor”, su “cómplice”. En este correo me agradeció por el hecho delator, con la promesa de recompensarme para cuando prosperase su “empresa de Internet”, y confesó que estaba en una nueva relación con una mujer de Kentucky, lo cual connotaba que acababa de terminar aquella que había contraído con Sweethmartha.
Entre la lectura de este correo de Dwayne y el telefonazo de Sweethmartha pudo haber solamente un intervalo de días, una semana, a lo sumo. Inicialmente, su voz no importó un estado de enojo contra mí. Por el contrario, sonaba como un telefonazo más, uno de aquellos amistosos que espaciábamos entre semanas. Pero, según el diálogo se extendía, la voz suya se fue alterando hasta convertirse en un fenómeno ofensivo por el que me reprochaba el haberla delatado. Sweethmartha podía haber atentado telefónicamente contra mí con las palabras más malsonantes de su vocabulario, pero se comidió muy bien en lo dicho. “Usted borró con el codo lo que hizo con las manos” fue lo único que me sonó a vilipendio; mas, luego, ella dijo algo de peor consecuencia: “no me casaré ni con el uno ni con el otro. Se acabó”, lo cual recordé durante los meses siguientes más ingratamente que el resto de sus frases, porque en ésta estaba implícito un efecto colateral indeseado, aquel de frustrar a Pedro en sus planes “benevolentes”. Si bien yo sabía que podía desgraciarme de Sweethmartha, no sospeché que el acto de delación podía resultar en una desgracia mutua en la que el “cubanito” sería el mayor perdedor. Me consolaba, sin embargo, el considerar que este anuncio de Sweethmartha podía ser nada más que una patraña para que yo me desentendiese de aquella mediación que había desarrollado como “traductor”. Yo podía haber escrito un correo al cubano o haberlo telefoneado, para inquirir la verdad del caso, pues había conservado la cuenta de su correo electrónico y su número telefónico; pero en vez de ello, decidí aguardar algunas semanas a que los hechos posteriores al telefonazo de Sweethamartha me desengañasen. Esta aguardada se extendió en vano por más de una centena de días. Fueron más de cinco meses en los que no desesperaba de volver a oírla en el feliz anuncio de su matrimonio con Pedro; cinco meses en los que esperaba que Pedro me escribiese, para agradecerme por haberlos emparejado. La irrealidad de lo uno y de lo otro (ella no volvió a telefonearme; él quizás había olvidado lo que yo había hecho por ellos) me motivaron finalmente, en el mes de julio del 2009, a aventurar un correo electrónico hacia Pedro, el “cubanito”, en el cual, presentándome como el hombre que había posibilitado la interacción entre él y Sweethmartha, y como el consejero que había persuadido a ella a confesarle que había otro candidato, manifestándole, además, mi preocupación por lo que podía haber sido de esa relación suya con ella, le urgí a responderme si era verdad que Sweethmartha se había desamistado de él como lo había hecho conmigo desde enero. En la respuesta a esta solicitud, Pedro, mediante otro correo electrónico, no me satisfizo sino parcialmente: la verdad solicitada parecía haber sido denegada mediante omisión de una respuesta directa; pero por todo cuanto pude inferir de su correo, la relación suya con Sweethmartha no estaba acabada. La posibilidad de un matrimonio suyo con ella continuaba vigente (se refirió a ésta como la persona con la que podía convivir la posteridad siguiente), pero sus dudas sobre ella parecían haber aumentado durante ese tiempo en que yo no supe de ambos: Pedro quería saber más de Sweethmartha por medio mío, como si las decenas de telefonazos, de correos electrónicos y de chats de Hotmail, que yo supongo reciprocados entre ellos, no hubiesen bastado para certificarlo de la “honestidad” de esta mujer. Lo más sorprendente es que Pedro estaba a dos semanas de venir a Colombia. Y si predico sorpresa de su anuncio de venir acá no es solamente por la oportunidad con la que yo había aventurado ese e-mail (precisamente días previos a su venida), sino también porque me importaba la gran duda de qué había ocurrido entre ellos dos que había hecho postergar por meses la promesa de su venida. La incógnita se me antojaba tanto más grave cuanto este viaje del cubano parecía estar motivado en un asunto comercial, en el cual él aprovecharía para cumplir la promesa de entrevistarse con Sweethmartha. ¿Qué había sido de aquel hombre que se lisonjeaba de haber ganado la licencia de abogado afanando en trabajos de inmigrantes en Estados Unidos, que había prometido competir de par a par con el “otro” y que desconsideraba el riesgo de venir a un país infamado de violento como el nuestro, con la única consideración de acabar de congraciarse con Sweethmartha? Ese hombre, como podía inferirse de su correo, parecía ahora haberse alternado con otro: ya no era Pedro el abogado, el que decía querer venir a Medellín, con el único fin de encontrarse con la mejor mujer que había conocido en los últimos cinco años: era Pedro el gerente de una cierta “compañía asiática exportadora de artículos electrónicos”, quien vendría primero a Medellín y luego iría a Cali, para comercializar sus “productos”, lo cual, según estaba pretextado, sería la oportunidad para visitar a Sweethmartha.
Me pregunto ahora si aquello de “soy el gerente de una compañía de artículos electrónicos” no era más que un pretexto con el que Pedro pretendía mitigar algo que sospechaba y de cuya realidad me había participado indirectamente con la cuestión de “¿quién es realmente Martha, la mujer con la que podría convivir mi posteridad siguiente?” Puedo difícilmente admitir como posible la existencia de alguien que no haya mentido para cautelarse contra algo sospechado como afrentoso. La inseguridad del cubano respecto a esta mujer era quizás tal, que él había reputado prudente fingir un viaje comercial hacia Colombia, después de meses de haber postergado el viaje de “galanteador enamorado”. Si el encuentro con Sweethmartha resultaba en un desengaño total, como él probablemente temía, aquella ficción comercial mitigaría el efecto de la afrenta, pues nadie más que él conocería la gravedad de la misma, en tanto que Sweethmartha y sus consanguíneos creerían que la afrenta había sido mínima, porque el cubano había viajado acá más por comercializar sus “productos” que por galantear a una de las mujeres de “russianlovematch”.
Mis predicados sobre Sweethmartha fueron consecuentes con aquella opinión que yo había mantenido de ella desde los primeros días en que la asesoré como “traductor”. Aún en aquel mes de julio del 2009 en que el cubano me requirió la verdad sobre su “futurible esposa”, aún después de esos meses de discontinuidad amistosa entre ella y yo, le atribuía la nobleza, la respetuosidad y la “honestidad” que a ninguna de las otras mujeres de “russianlovematch” había atribuido. De no haber sido por mi entrevista con el cubano y mi descubrimiento de que el fanfarrón de Dwayne estaba aconsejando a Sweethmartha sobre los procedimientos para solicitar la VISA estadounidense, quizás hoy todavía yo estaría opinando bien de esta mujer.
Así pues, mi duda sobre la “honestidad y la nobleza” de Sweethmartha no comenzó desde aquella tarde de enero de 2009 en que ella me declaró telefónicamente su enojo por haberla yo delatado (la última vez que la oí), sino desde una noche de julio, horas después de haber oído del cubano la patética noticia del desencuentro suyo con ella. Aquella tarde, Pedro y yo bebimos unas pocas cervezas, sentados en un café exterior a uno de los escasos museos de Medellín. Hacía más de cinco días que el cubano había llegado a Colombia, quizás ya con una menguada esperanza de apoderarse del bien mujeril nombrado Sweethmartha, y con regalos para ella, para Dayana (la hija), para Claudia (la hermana), etc. Hacía más de cinco días que el cubano aguardaba a que la primera de las mencionadas lo telefonease desde el IPHONE con que la había obsequiado el día de su llegada. La irrealidad de aquel telefonazo aguardado parecía confirmarlo en la sospecha de que Sweethmartha había estado interesada en él más como un medio para conseguir la ciudadanía estadounidense que como el ser masculino con el que había de reciprocar placer erótico, pero que, siendo el rival “un millonario”, éste había sido preferido por ella. Yo intenté consolarlo, aseverando que Sweethmartha no era como el resto de mujeres de “russianlovematch”, advirtiéndole de la posibilidad de un error en su conjetura y aventurando una mía: quizás ella había sido enamorada por alguien acá en Colombia, no por medios telemáticos, sino persona a persona. El cubano dificultó en esa posibilidad, y se obstinó en que Sweethmartha había sido otra “fingidora”, interesada exclusivamente en ganar una situación semejante a aquella de “la mejor amiga de ella”; esto es, un esposo norteamericano, una ciudadanía norteamericana, un trabajo norteamericano, y demás desiderata relativa a lo que no somos y a lo que no tenemos. El recibimiento de aquella mujer el día en que Pedro la enfrentó personalmente había sido bien diferente de lo que había quizás fantaseado: si bien ella había podido prolongar su sonrisa característica, el resto de sus músculos habían sido inhibidos para aquello que un hombre espera de su “futura esposa”: en vez de besos y caricias reciprocados, o expresiones de “oh, cuánto había deseado la realización de este instante”, el encuentro parecía haber sido uno más de aquellos que menudean en nuestras vidas con seres de poca o ninguna importancia, como cuando encontramos con una de las tías anorgásmicas cuyo “bla-bla-bla” es mayormente cursilería religiosa o costumbrista indigna de atención.
¿Era acertada la conjetura de Pedro respecto a Sweethmartha? Esta era la cuestión que me recurrió aquella noche al llegar a casa después de más tres horas de diálogo personal con él. Por primera vez, yo me proponía la duda sobre la “sinceridad y seriedad” de aquella mujer que reputaba por especial (tan particular, que, de haber sido muy sexy, muy hermosa y delgada, podría haber igualado mi ideal de mujer). ¿Qué había sucedido entre ellos durante estos meses previos al desencuentro? No lo sé. Quizás nunca lo sabré, porque no hay alguien que me pueda enterar de esa verdad. Si alguno de los dos pretendiese hoy sincerarse conmigo, yo podía escucharlos o leerlos, pero sus versiones resultarían sospechosas. Nada de lo que yo me proponga como hipótesis de esa desgracia entre Sweethmartha y Pedro es absurdo. Si ella lo amó, el desamor pudo haberse seguido por la conducta inconsecuente de él, de la cual tengo una certeza más por experiencia propia que por narración. Si antes de mi entrevista reputaba al cubano como un ser pertinaz, serio, consecuente con lo que decía, hoy, más de 18 meses después, lo reputo como un “patrañero”, fanfarrón, inconsecuente con lo que promete (quizás Sweethmartha descubrió lo mismo respecto a él). Lo poco que tengo ahora por cierto, relativo a este hombre, es su nacionalidad de cubano, ridículamente evidente por su acento, y su poca estatura. Lo demás, relativo a él, es tan sospechoso como casi todo lo que tengo sobre Sweethmartha. Que aprendió cinco idiomas, que viaja por el planeta comercializando productos electrónicos, que posee una casa en Miami, que parte ladrillos con un manotazo, todo esto pudo ser nada más que una fanfarronería con la que pretendía congraciarse con una de las mujeres de “russianlovematch”.
Si Sweethmartha nunca lo amó, Pedro pudo percatarse paulatinamente de su ficción durante esos meses posteriores a mi delación, meses en los que yo no supe nada más de ellos dos, meses en los que mi verbosidad intermediaria podría haber continuado siendo útil para sostener su ficción amatoria (fui yo quien, por comisión de Sweethmartha, compuso las obsequiosas misivas electrónicas para Pedro y Dwayne hasta enero del 2009).
Si Sweethmartha disolvió en desgracia recíproca la interacción mantenida con nosotros tres (Pedro, Dwayne y yo), renunciando a la rivalidad de los dos primeros, como me anunció en ese ingrato telefonazo, el hecho de Pedro venir a Medellín y aquel de Dwayne de aconsejarla sobre cómo obtener la VISA, harían suponer, o que ella se arrepintió de la renunciación, o que los dos galanteadores continuaron galanteándola, aún después de ella haberles dicho que “terminaba” con ellos.
Hace más de 18 meses que decidí denunciar públicamente lo que supe sobre la falsedad de las “agencias de matrimonio”. Había omitido entonces la relación sobre Sweethmartha porque la reputaba entonces como una mujer “honesta”. Pero hoy, la mujer que admiraba tanto por su aspecto metamorfoseado con una mamoplastia como por su especialidad conductual, no es menos sospechosa que las otras coquetas mercenarias de “russianlovematch”, lo cual me motivó no solamente a componer una relación sobre ella, sino también a revisar lo que había escrito sobre las otras.