jueves 27 de enero de 2011

ÍNDICE

ESTEFALU - DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS


ADVERTENCIA



Los hechos relacionados en este blog son totalmente verdaderos, por lo tanto probables ya con el testimonio de otras mujeres que asistieron a tal “agencia” o con un seguimiento a las acciones incursas por otras personas que se prestan a este fraude moderno de emplear mujeres pobres para embaucar hombres extranjeros. Basta que digites “Dating Sites” en un buscador como GOOGLE, y hallarás decenas de ofertas fraudulentas en las que “lindas mujeres núbiles” están aguardando a ser contactas en el Chat para hablar de matrimonio con cualquiera, por muy feo y senil que sea. Si eres hombre, sé cauto. Si estas ofertas fuesen verdaderas, la mayoría de las mujeres serían poco “agraciadas” y añosas. Pero, en esto del fraude de los “Dating Sites” y de las “agencias de matrimonio”, los dueños y administradores emplean mujeres jóvenes y agraciadas, como si se tratase de una oferta de “prostitutas de lujo” en vez de una “agencia de matrimonio”. Es un negocio que se extiende poco a poco y cuya publicidad y métodos de reclutamiento puedes reconocer fácilmente. Hasta hace poco, yo encontraba semanalmente en un periódico mediocre de la ciudad de Medellín un anuncio de esos que denominan “clasificados” con la siguiente leyenda: “buscamos digitadotas para trabajar cuatro o cinco horas diarias”. Si eres mujer, sé cauta. Estos anuncios están destinados para reclutar mujeres jóvenes desempleadas y, una vez reclutadas, presentarlas como “mujer dispuesta a casarse con el que sea” en un catálogo virtual de “mujeres núbiles”, lo cual es solamente un señuelo para seducir extranjeros a gastar dinero en un Chat cuyas tarifas pueden variar, pero son tan costosas como cualquier minuto de “sex-chat” o de “línea caliente”.




Pretendieron intimidarme con la amenaza de involucrarme en procesos penales por las acciones de denuncia que estoy desarrollando. La verdad siempre tiene sus detractores y son estos quienes siempre buscan en el “derecho” un medio para estorbar su publicación o propagación. Pero, antes que intimidarme, las amenazas me motivan para seguir aprovechando en mi propósito de narrar la verdad, de denunciar aquellos que se lucran con el comercio de amores heterosexuales fingidos. Exhorto a los lectores (lectoras) de este blog a estar atentos (atentas) contra este fraude, en el cual los embaucadores involucran mujeres pobres y desempleadas de países latinos, asiáticos y de la Ex Unión Soviética.
CAPÍTULO PRIMERO:
EL ANUNCIO GRATUITO DEL PERIÓDICO - LA SORPRESA DEL TELEFONAZO - MI EXTRAVÍO
CAPÍTULO SEGUNDO:
LAS PRIMERAS REVELACIONES
CAPÍTULO TERCERO:
LAS FICCIONES DE LATINMELODY
CAPÍTULO CUARTO:
SWEETHMARTHA
CAPÍTULO QUINTO:
EL CAMBIO DE ADMINISTRACIÓN EN LA "AGENCIA"
CAPÍTULO SEXTO:
EL INICIO DE SANDGOM EN LA "AGENCIA"
CAPÍTULO SÉPTIMO:
¿QUIÉNES FUERON LOS HOMBRES DE SANDGOM?
CAPÍTULO OCTAVO:
CONCLUSIÓN

Capítulo Quinto – El Cambio de Administración en la “Agencia”


Capítulo Quinto – El Cambio de Administración en la “Agencia”

Entre noviembre del 2008 y junio del 2009, la “agencia” de Babydoll tuvo una crisis la cual pudo haber resultado en su final (quizás hoy no exista, o si existe aún, es bajo otro nombre). La súbita inasistencia de Latinmelody a la casa-oficina puede reputarse como el primer factor de esta crisis, porque ella era la segunda mujer más lucrativa, después de Babydoll. Con su ausencia, mi trabajo como “traductor” peligraba de cesar: ya no estaba Rubi, ni Latinmelody, sino la odiosa Evelin y una mujer que Babydoll había recientemente reclutado, que había nombrado Tropicalsun y que estaba “promocionando”. Días antes de que Latinmelody se ausentase de la casa-oficina, la hipócrita de Babydoll ya había cometido el primer error de una serie de errores cometidos conmigo, el cual fue asignarme como “traductor” de aquella mujerzuela nombrada Evelin, la costeña maluca, quien iba de mal en peor en el lucro del Chat. Ignoro el motivo de Babydoll para aventurarse en un cambio como aquel, pero es fácil conjeturar que, habiendo sido Latinmelody lucrativa conmigo, Babydoll esperaba que yo hiciese también prosperar a Evelin, lo cual era una imposibilidad tanto por la antipatía mutua de ella conmigo, como porque muchos de esos hombres extranjeros que habían sido embaucados por ella y por su “traductor” ya escarmentaban de corresponderle.


De no ser porque Evelin era la sobrina de una mujer que limpiaba la casa-oficina un par de veces a la semana, Babydoll habría hecho nada respecto al empeoramiento laboral de aquella. El último intento por detener la desgracia de Evelin parece haber sido el asignarme como “traductor” suyo, si bien puede considerarse como un intento anterior el haber Babydoll falseado un nuevo perfil de Eve (pseudónimo de Evelin), por el que pretendía “promoverla” ya no como una mujer de 21 años de edad, sino como una de 29. La citación de este hecho me es válida para probar tanto el dolo con que estas mujeres actuaban, como su imprudencia: es más de un incauto que de un prudente el innovar un catálogo ciberespacial de mujeres “núbiles” con el perfil de una mujer que ya era reconocida como EVE, y que, entonces, Babydoll pretendía presentar como un nuevo “ejemplar” con el pseudónimo de Aphrodite, con nuevas fotografías y con nuevas falsedades como la edad, 29 años. ¿No fue esto una mentecatería de Babydoll y de sus cómplices, tanto más cuanto no eliminaron el anterior perfil en el que Evelin es promovida como mujer de 21? ¡Qué tontería! Babydoll, Latinmelody y Eve esperaban que los extranjeros no identificasen a la Aphrodite de 29 años, con Eve de 21. Me es indubitable que las tres desarrollaron consensualmente el cambio, con la esperanza frustrada de seducir más hombres al Chat. Así que a las tres tengo que atribuir esta crasa imprudencia. El 10 de septiembre de 2009, cuando yo estaba escribiendo estas memorias, ambos perfiles de esta mujer, Eve-Aphrodite, permanecían en el catalogo ciberespacial de mujeres núbiles, como una prueba de la incuria con que estas personas trabajan la ficción fraudulenta.


Aun con la obviedad del engaño, había una poquedad de hombres extranjeros que, o estando ciegos, o siendo más mentecatos que las falseadoras, incurrían en la trampa de un Chat con Eve-Aphrodite, entre ellos, el soldadito al cual me referí anteriormente. Fue por este hombre que Eve-Aphrodite, la mujer con dos edades, tuvo que desistir de su frustrado empleo como “mujer núbil”. Como yo tengo narrado, el soldadito le enviaba dinero para que ella pagase una supuesta conexión de Internet domiciliaria, habiéndole enviado previamente un computador portátil. Eve-Aphrodite engañaba a Babydoll, manteniendo secretamente un Chat con el soldadito, por Hotmail en la casa-oficina, en el horario en que ella debía conseguir hombres para embaucar, y engañaba al donador del computador, intentando establecer un Chat mercenario con los hombres que pagaban a “russianlovematch”. En una noche de noviembre en la que, contra mi voluntad, yo me había sentado al lado de Eve-Aphrodite, para “trabajarla”, ocurrió el descubrimiento: el soldadito, que creía que su futura esposa había desertado de la compañía de “russianlovematch”, la descubrió en su frustrado intento de seducir otros incautos al Chat. Esa misma noche, Babydoll se enteró del engaño que Eve-Aphrodite le había desarrollado durante varias noches, con tal malograda interpretación del hecho y de sus antecedentes, que me achacó complicidad en el mismo, diciendo que no podía tener personas “deshonestas” en su grupo. ¡Bah! ¡Ridícula pretenciosa! Como si lo que ella, Babydoll, estaba haciendo con su “agencia de matrimonio” tuviese algo de “honesto”.


O este soldadito era muy valioso para Eve-Aphrodite, o esta desdeñable mujer ya desesperaba de ganar buen dinero con el Chat mercenario de “russianlovematch”: ignoro cuál de estas dos posibilidades la decidieron a renunciar al trabajo, al día siguiente del descubrimiento que acabo de citar. Con lo cual, habiendo desertado primero Latinmelody, y luego Eve-Aphrodite, no restaba a Babydoll sino su nueva adquisición, a quien ella había nombrado con el pseudónimo de Tropicalsun. Sweethmartha era una ganancia demasiado esporádica como para reputarse útil a la ambición de Babydoll, y, además, estaba casi fuera de su control. Fue principalmente por esta mujer, Sweethmartha, que yo seguía vinculado a la “agencia de matrimonio”, como aquel que se reunía cada semana con ella para su “traducción”, pero también por otro de los errores incursos por Babydoll: el haberme confiado la tarea de embaucar extranjeros en el Chat mediante la usurpación de “perfiles”. Ya no era sentarme al lado de una de sus subalternas: era personificar algunas de las mujeres que tenían “perfiles” en el catálogo de “mujeres núbiles” y que por cualquier causa como que los habían “abandonado”. La tarea era relativamente fácil, pues no tenía que asistir a la casa-oficina, aunque no estaba exento de la coacción que Babydoll había ejercido sobre los “traductores” para que le granjeasen buen lucro. Sin una conexión de Internet domiciliaria, personifiqué, desde un café Internet, de dos a cuatro horas diarias, durante dos o tres semanas, mujeres que no conocí personalmente, sino por sus fotografías y sus psudónimos: Sweetdiana1, Sweetdiana2, y Sweetyamile. El embaucamiento había de hacerse, como fácilmente puede ser inferido, con la cámara Web apagada. Los embaucados creían estar chateando con cualquiera de las tres, dos de ellos con tal incautela, que ordenaron “regalos” para Sweethdiana2. Para comprender el fraude de los “regalos” de estas “agencias”, remito al lector(a) más abajo, al capítulo donde me refiero a los “regalos” ordenados para Sandgom. Conjeturo que el dinero que estos hombres gastaron en tales “regalos” (flores, chocolates, peluche) puede haber sido superior a 200 dólares: 92% para los dueños de las “agencias” y 8% para mí.


Ignoro cuán usual son estas usurpaciones en estas “agencias”, pero no dificulto en que hay un consenso de complicidad entre aquella de Florida y la de Medellín, para incurrir en ellas. Esta presunción se me facilita al revisar las decenas de perfiles “abandonados” —mujeres que por cualquier causa dejaron de asistir a la “casa-oficina” — a los cuales se puede acceder sin licencia de ellas, pues las contraseñas son “bienes” exclusivos de la dueña y de la administradora de la “agencia”. Además, he leído mucho sobre usuarios que sospechan de estas usurpaciones por parte de las “agencias” rusas, que son también subalternas de aquella de la Florida.


En octubre de 2008, Babydoll comenzó a “promocionar” a Tropicalsun en el Chat. No dudo que el gran número de hombres embaucados en tal promoción eran los mismos que Babydoll tenía “engañados” para ella desde meses anteriores. Una vez Latinmelody y la odiosa Eve-Aphrodite cesaron de asistir a la casa-oficina, mis idas a ésta se enrarecieron hasta una vez cada quince días, para cobrar mi quincena por la tarea que hacía desde el café Internet y por mis “traducciones” con Sweethmartha.


Repito que, de no ser por Sweethmartha y por la tarea asignada de personificar mujeres, las deserciones de Latinmelody y Eve-Aphrodite quizás habrían resultado en mi cesantía laboral. Tropicalsun, la nueva adquisición de Babydoll, podía haber sido la siguiente mujer con quien “trabajar” en equipo en la casa-oficina, pero Babydoll se había hecho desde un principio su “traductora y asesora”, con el exclusivo fin de aprovechar los extranjeros que tenía embaucados, en una como transferencia de incautos de una a otra, porque Babydoll tenía planeado volver en diciembre a Estados Unidos y esposarse allá nuevamente con alguno de los tontos que habían derrochado dinero en esto del Chat fraudulento de “russianlovematch”.


No sé si es de loar o de reprochar que Babydoll se casase una enésima vez (quizás la tercera), porque ignoro si sus divorcios fueron motivados por alguna ambición monetaria o fueron consecuencia de desgracias recíprocas entre ella y sus hombres. Supongo que la cohabitación de un hombre con una mujer como esta ha de ser muy dificultosa si el hombre carece de pretensiones y supersticiones como aquellas con las que Babydoll está contaminada. Al emplear el vocablo de “pretensión” me refiero a que esta mujer se comporta como si estuviese persuadida de que ella es mejor que el resto de sus congéneres femeninos, como si no menstruase, como si estuviese eternamente exenta de laborar para alguien, como si pudiese pagar siempre para que le laven los platos en que come, o como si no tuviese que emplear alguna de sus manos para enmierdar un trozo de papel higiénico (acto que nos hace a todos semejantes). Al emplear el vocablo de “superstición”, me refiero a que, además de engreída, esta mujer manifiesta una credulidad respecto a invenciones paradójicas, como que una persona tenga “superpoderes mentales” y cuyos consejos, por lo tanto, puedan ser útiles para prevenir desventuras, o para conseguir “buena fortuna”. Babydoll, al parecer, no hacía algo sin haberlo consultado con no sé quién de “mentalmente superpoderoso”. Me imagino a esta ridícula absteniéndose de coitar con su esposo ciertos días de la semana o ciertas horas del día, por consejo o advertencia de su “consejero o consejera espiritual”. La imagino hablando de “chacras”, de “energías positivas”, de “energías negativas” y de otras muchas ridiculeces que, con aquellas de la religión, la deben hacer insoportable. Como ejemplo de su superstición, citaré que Babydoll hacía que sus tres subalternas, Latinmelody, Evelin y Rubi, quemasen barras de incienso durante las horas de Chat, con la pretensión de que estos combustibles aumentarían la cantidad de hombres embaucados a chatear.


Ignoro qué pacto ocurrió entre Babydoll, su madre putativa (S. H.), y su padre. Ignoro si aquella delegó en estos la administración de la “agencia” o si se la vendió; pero los hechos acontecidos entre diciembre del 2008 y junio del 2009 me hacen conjeturar más lo primero que lo segundo. Supongo que Babydoll partió para Estados Unidos, con la certeza de que la crisis había acabado para bien propio, que Tropicalsun le ganaría algún dinero en el Chat mientras S. H. reclutaba otras mujeres.


En enero del 2009, después de dos o tres semanas de yo estar laborando desde cafés Internet bajo los pseudónimos de Sweetdiana1, Sweetdiana2, y Sweetyamile, S. H. me requirió para que volviese a laborar en la casa-oficina. Esta mujer, a quien nombraré como S. H., para evitarle la tentación de demandarme penalmente por atentar contra “su buen nombre” (como si su nombre no fuese común, que debe haber miles de homónimas en Colombia), se presentaba como “asistente” de su esposo, el cual, a su vez, ella presentaba como el nuevo dueño de la “agencia”. Consecutivamente a esta presentación personal, S. H. exponía el plan de trabajo para los “traductores”, quienes se alternarían en dos turnos de 8 horas diarias cada uno, “traduciendo” simultáneamente a dos mujeres “núbiles”. La hora de trabajo sería pagado a cuatro mil pesos, más una comisión por lo que las mujeres ganasen con el Chat y los “regalos”.


La primera vez que me entrevisté con S. H., esta habló desvergonzadamente de su intención de establecer dos sedes de la “agencia”, en Bogotá y Cali, como si el suyo fuese un negocio honorable y exento de dudas en el que decenas de jóvenes desempleadas “laborarían” fácilmente a cambio de una comisión incierta. Este designio suyo de multiplicar la “agencia” fue alterándose con los meses en un desespero: si no lograba reclutar suficientemente jóvenes para la casa-oficina de Medellín, ¿qué podía aguardarse de las oficinas de Bogotá y de Cali, en el evento de que las instituyese? No fueron pocas las veces en que esta mujer, S. H., no ocultaba su desasosiego por su impotencia para conseguir jóvenes agraciadas. Su fantasía de tener la casa-oficina llena, día y noche, de más 30 empleados, entre “traductores” y “mujeres núbiles” fue degenerando en una como pesadilla en la que abundaban solamente los “resumes” de personas que querían trabajar como “traductores”. Los anuncios pagos en uno de los diarios mediocres de la ciudad y la repartición de volantes hacían, por una breve temporada, sonar el timbre del teléfono de la casa-oficina o menudear los correos electrónicos con los que las mujeres procuraban indagar la índole del trabajo o servicio ofrecido. La ventaja de los correos electrónicos, con respecto a los telefonazos, era que los remitentes adjuntaban sus fotos personales, lo cual posibilitaba a S. H. el descalificar de una vez aquellas mujeres de poca o ninguna belleza, o muy añosas. De aquellas que telefoneaban y concertaban una cita realizable en la casa-oficina, la mayoría era de apariencia inadecuada para emplearlas como “señuelos” en el Chat, porque había un tácito consenso entre nosotros de que la mujer gananciosa (aquella que ganaba lucro para la agencia) había de ser aniñada de rostro, de piel clara, delgada y de no poca estatura. No obstante esta discriminación, S. H. admitió a la compañía algunas mujeres cuya descripción, si yo las describiese, equivaldría a la antítesis de la “mujer gananciosa”. No sé si señalar esto como un acto de generosidad de parte de S. H. para con mujeres poco agraciadas; o como un acto de improvisación, por el que, habiendo S. H. desesperado de reclutar una pluralidad de mujeres bellas, creyó que una poquedad de lucro ganado por aquellas podían compensar lo que se había gastado hasta entonces en publicidad, equipos, etc.; o como parte de un plan con el que se había de disimular el verdadero fin del negocio (aquel de embaucar extranjeros), lo cual me parece más certificable que las dos conjeturas anteriores, considerada la circunstancia de aquellas declaraciones falsas video-grabadas a las que las mujeres era forzadas. Aunque un poco de todo lo anterior podía haber influenciado a S. H. en esto de admitir mujeres poco agraciadas a su compañía, pues quien examinase la conducta consuetudinaria de esta persona, hallaría una sorprendente plurivalencia: a veces era generosa, porque prestaba dinero a algunas de sus subalternas, para que estas costeasen el transporte desde sus casas hasta la casa-oficina, o compraba bebidas gaseosas y mecato para todos los que estábamos en el lugar; pero esta loable faceta como que se deslucía cuando ella se insolentaba, lo cual ocurría a veces a manera de broma, y, otras, a manera de defensa altanera; o cuando uno descubría que ella estaba mintiendo en algo, como cuando decía que su hija putativa, Babydoll, ya no tenía ninguna relación de dependencia con el negocio, afirmación que S. H. mantenía desde la primera vez que conversé con ella, y respecto a la cual yo podría citar muchos hechos acontecidos durante el semestre para desmentirla; pero baste, para comprensión de lo que yo asevero, el saber que esta Babydoll controlaba la “agencia”, desde Estados Unidos, de tal manera, que se atrevía a mandar a las “mujeres reclutadas por S. H.” consejos sobre la manera de coquetear ante la cámara Web. La coacción ejercida constantemente por S. H. para que nosotros, los “traductores”, aumentásemos el número de extranjeros embaucados, evidenciaba también que esta innoble mujer, Babydoll, participaba todavía del negocio. Lo peor de todo esto es que este engreído y supersticioso individuo femenino era quien decidía la “comisión” que había de pagarse a cada una de las mujeres que se prestaban a esto de fingir enamoramientos heterosexuales. Por lo que las “mujeres reclutadas” recibían en calidad de “comisión”, no es exagerado presumir que Babydoll, o sus cómplices en Florida, se apropiaban de una mayoría de las ganancias.


Si son dignos de reproche aquellos hombres incautos que se dejan embaucar con esto de los “Dating Sites”, no menos lo son aquellas mujeres, S. H. y Babydoll, por cuya imprudencia no pudieron hacer prosperar el plan de expandirse a otras ciudades de Colombia. ¿De qué otra palabra puedo valerme sino esta de “imprudencia”, para significar aquello que antecedió al plan consensual de S. H. y Babydoll respecto a lo que sería la “agencia” una vez Babydoll estuviese lejos en Estados Unidos? ¿A quién, sino a personas imprudentes, se ocurre que una casa puede ser el lugar para que más de 30 personas, entre hombres y mujeres, laboren sin otra supervisión que aquella de S. H.? Menos mal que la pretenciosa expectativa de S. H. de tener más de 30 personas laborando simultáneamente en la casa-oficina no prosperó, como tampoco aquella de establecer dos turnos diarios. A lo sumo, S. H. logró reunir no más de 15 personas, entre “traductores” y “mujeres núbiles”, cantidad que debió bastar para desengañarla de su porfía de que era innecesario tener una supervisión múltiple. La pérdida de cosméticos, así como de mecato, debieron de persuadirla poco a poco a que era inconveniente tener una muchedumbre en la casa-oficina sin al menos un portero que cuidase que nadie saliese de ella con algo que no le pertenecía.


Yo señalo la pérdida de estas bagatelas no como algo grave, sino como una evidencia de la imprudencia, la irreflexión y, en consecuencia, la improvisación de estas dos mujeres que codirigían el negocio de la “coquetería mercenaria”. Me pregunto si estas dos porfiadas no conferenciaron el plan con alguien que pudiese prever las dificultades que incidirían, como en efecto incidieron, en su ejecución. La primera vez que me entrevisté con S. H. intenté disuadirla tanto de su pretensión de adquirir nuevos computadores como de aquella de tener hasta 30 personas laborando simultáneamente en la casa-oficina. ¿Pero quién era yo para una mujer que, habiendo asistido tres, cinco o seis años a una universidad y logrado su título de abogada, se siente aventajada con respecto a un individuo que no ha hecho confesión de tener un título semejante? ¡Qué ridículo engreimiento el de todos aquellos que asisten a las universidades por una temporada, a lo máximo seis años, para conseguir un título con que envalentonarse o con que arrogarse el nombre de “doctores”, “ingenieros”, “profesionales”, “técnicos”! Aquella fanfarronería con la cual pronuncian “soy abogada”, “soy doctor”, “soy profesional”, “soy técnico” me resulta insufrible. Es como si, cada vez que hiciesen profesión de lo que obtuvieron en la universidad, procurasen significar que sus cagadas son menos hediondas que aquellas de los que no hacemos profesión de títulos.


En fin, no aprovechó el que yo advirtiese a S. H. la inconveniencia de adquirir nuevos computadores y aquella de llenar la casa-oficina con un personal que estaría mal supervisado. No me era difícil inferir que si Babydoll había conseguido mantener el “negocio” por uno o dos años, no había sido solamente por el lucro que mujeres como Latinmelody le habían ganado, sino porque ella, Babydoll, recibía una comisión directa, no intermediaria, por sus seis o más horas de chat diario. Resultaba, pues, pretencioso aumentar el número de computadores de tres a una docena, en una aventura en la que las mujeres “reclutadas” habían de contentarse con un pago arbitrario y, por lo tanto incierto. Lo prudente habría sido continuar con les tres computadores, aumentar su número según S. H. hallase mujeres lucrativas que se contentasen con el pago incierto, y, una vez examinadas las condiciones del nuevo “negocio”, considerar la multiplicación del mismo en otras ciudades. Pero lo más prudente habría sido establecer un pago cierto para las “mujeres núbiles”, un pago proporcional al lucro, no el desproporcionado del 2% o, a lo sumo, del 5%, que ellas pagaban. Un pago cierto y proporcional, habría quizás evitado la continuada deserción de aquellas que se aventuraron a prestarse como “mujeres núbiles” durante el semestre en que S. H. obró como administradora. Un pago cierto y proporcional habría probablemente ahorrado el dinero consumido en “avisos clasificados” y “volantes”, porque una mujer satisfecha con su “comisión” atraería fácilmente otras al “negocio de la coquetería mercenaria”. Mas, ¿qué prudencia se puede esperar de una mujer que, con ser “abogada”, reputa como ilegal el negocio de los SEX-CHATS, en tanto que tiene como muy legal el de la “coquetería mercenaria”? ¿Dónde cree que está, en Afganistán, en Irán, países en los que los odiosos dictadores reprimen directamente todo lo relativo al erotismo anticonceptivo? He acá la prueba de que un “título”, adquirido más por asistencia a una universidad que por estudio, no aventaja sino circunstancialmente, nunca esencialmente.


Yo podría referirme a tres personas en vez de dos, como lo he estado haciendo, como los directores de aquella deshonesta “agencia de matrimonio”, pero tengo por cierto que esta tercera persona, el padre de Baydoll (esposo de S. H.), fue otra persona de quien se hija abusó, mintiéndole o engañándole. Su participación parece haberse limitado al desembolso de dinero para la compra de los computadores y la instalación de una red de Internet mayor que la existente. Si señalo a Babydoll como una abusadora de su padre, es porque, aparentemente, no le advirtió que el negocio había de sostenerse con la ficción de las muchachas que se prestasen a la “coquetería mercenaria”, y no le enteró sobre el método empleado para repartir el lucro causado por el Chat. Es una lástima que este hombre haya resultado también perdiendo algo por la imprudencia de su hija y de su esposa, porque, de toda esa familia que estuvo vinculada al negocio, solamente a él yo excluyo de esa arrogancia colectiva (arrogancia mostrada inicialmente por Babydoll, después por S. H., y, finalmente, por la pretenciosa madre natural de Babydoll y su bigotudo esposo estadounidense), y solamente a él estoy agradecido por todo cuanto hacía por nosotros, como el transportarnos de la casa-oficina a la estación del metro, el respetarnos, el no coaccionarnos a granjear lucro mayor del que granjeábamos.


Es bueno que aquellas mujeres que acudían a la casa-oficina, para probar aventura laboral, o para conocer más sobre ésta, se desdeñaron de participar del juego propuesto o se indignaron de la paga que recibían. Solamente con indignación puedo suponer cuán mucho la arrogancia de estas dos mujeres (Babydoll y S. H.) hubiese aumentado si su imprudente designio hubiese prosperado. La una se creería “Madame yo no sé qué”, con soberbia suficiente para ordenar a sus subalternas sentarse y moverse ante la cámara Web de una manera determinada, como si estuviese supervisando prostitutas de lujo en vez de “mujeres núbiles”. La otra, se sentiría “la doctora legalidad”, con su patética confusión sobre lo qué es legal y qué es ilegal en este país, y con su pretensión de cohonestar todo cuanto de “reprochable” tenía el negocio que administraba.


Fue tal la improvisación de esta mujer S. H. respecto al negocio de la “coquetería mercenaria”, que algunos meses después de haber comenzado la administración, y no habiendo logrado reunir un grupo de mujeres todas hermosas que produjesen la ganancia esperada, infringió la promesa propia de que Latinmelody no volvería a trabajar en esa casa-oficina mientras ella estuviese de administradora.


Como tengo escrito, Latinmelody había desertado del “negocio” por alguna afección morbosa en el mes de noviembre del 2008. Según la narración de S. H., Latinmelody había exigido a Babydoll una compensación por los meses que había trabajado para ella en el Chat, y, como era de esperarse, aquella la denegó. Esta disensión entre Latinmelody y Babydoll había hecho que S. H. profiriese la promesa incumplida de que Latinmelody no volvería a trabajar allá.


El regreso de Latinmelody a la casa-oficina tampoco fue solución para la crisis. No sé si atribuir su fracaso al hecho de que su apariencia había cambiado quizás por la supuesta enfermedad, o la poca asiduidad con que se prestaba a las sesiones de Chat. Fue una aventura breve: esta mujer desistió a la cuarta o quinta vez, con lo cual, nunca más la volví a ver.


El pretencioso plan de Babydoll y de su hija putativa S. H. no era realizable por todo cuanto he citado anteriormente y que yo he denominado imprudencia. Pero lo peor que pueden haber cometido estas dos imprudentes es haber comisionado, en junio del 2009, a otra “arrogante” con la administración del “negocio”. Si la soberbia de Babydoll dependía del creerse la “reencarnación” de no sé qué personaje (acaso Cleopatra, o Venus), la de S. H. dependía de su título de “abogada”, la soberbia de la nueva administradora, una mujer tan escasa de estatura como de ingenio, parecía depender del hecho de haberse esposado a un gordo bigotudo de origen estadounidense, el cual, a su vez, mostraba la arrogancia de sentirse un maestro del idioma inglés.


Cuando esta mujer, de nombre Gloria, asumió la administración, seis mujeres aún porfiaban en las cámaras Web de la casa-oficina por ganarse cualquier cosa, así fuese la ciudadanía estadounidense. Era tal la antipatía que esta nueva administradora excitaba, que, a una o dos semanas de ella estar en la casa oficina, todas, excepto una, desertaron. La que quedó fue Sandgom, seudónimo de S. G., que yo había “promocionado” continuamente en el Chat desde el mes de enero de ese año, como consta en el capítulo siguiente.


El ambiente de la casa-oficina se había enrarecido tanto con el cambio de administración y con la deserción de las demás compañeras, que Sandgom había comenzado a remolonear en la coquetería del Chat: pretextaba cualquier cosa para comenzar las sesiones más tarde que lo usual, para irse a casa más temprano que las nueve de la noche, o para no dejarse ver en la cámara Web. Esta desmotivación de parte de Sandgom para trabajar fue parte para que algunos de los hombres extranjeros que habíamos anteriormente embaucado cesasen de chatear con nosotros, lo cual importaba como consecuencia una menor ganancia para ella y para la “agencia”. Al ser interrogada por la nueva administradora sobre el por qué de aquella disminución en el lucro, Sandgom, probablemente, me inculpaba con la causa, porque es tan quejosa como cualquier niña escolar que inculpa a sus compañeros en vez de reconocer la culpa propia. Peor que estos melindres de escolar, era el disimulo con que los actuaba: se había confabulado con la nueva administradora para apartarme con engaños del “negocio” por algunos días o por siempre. Aun con los antecedentes de ingratitud de parte de Latinmelody y de Sweethmartha, no se me había ocurrido que Sandgom pudiese cometer algo peor, porque no solamente era achacarme aquello de que ella era la causante, sino también el disimular conmigo como había disimulado con los extranjeros del Chat. Al yo descubrir esta deslealtad de parte de ella, no dudé en represaliarla con el comienzo de esta denuncia pública, con la esperanza de que sea útil para advertir a los incautos sobre las falsedades de las “agencias de matrimonio”.

miércoles 26 de enero de 2011

CAPÍTULO TERCERO

Capítulo Tercero – Las Ficciones de Latinmelody


De las tres mujeres que trabajaban para Babydoll en la casa-oficina, Latinmelody fue aquella que me incumbía “trabajar” durante las primeras semanas de este trabajo de “traductor” hasta cuando ella, unos tres meses después, cesó súbitamente de asistir al lugar de trabajo, quizá por motivo de salud. Entiéndase que “trabajarla” era “acreditar”, entre los usuarios extranjeros, su ficción de mujer deseosa de matrimonio con extranjero, personificarla, aventajarla sobre las demás, hacer que sus ganancias estuviesen en continuo aumento, ya pidiendo “regalos” o seduciendo tantos hombres en el Chat cuantos pudiésemos seducir.


Yo no fui el que inventó que Latinmelody era una profesora de educación secundaria para niños. Cuando yo llegué a trabajar la primera vez a la casa-oficina, esta ficción ya estaba inventada, como aquella de que Eve era la contadora de un banco, o que Rubi era empleada laboralmente en asuntos ambientales: tres falsas profesiones que se pretextaban para prevenir que los extranjeros sospechasen que su asistencia a la “agencia de matrimonio” estaba motivada por la necesidad de ganar dinero. De estas tres falsedades, la de Rubi era acaso la menos inverosímil, pues supe que ella era aficionada a los temas ambientales; mientras que la de Eve era la más inverosímil: bastaba conocer su estatura, su talle y su pereza intelectual, para dificultar en que un banco la tuviese en su nómina de empleados.


De estas tres mujeres, Evelin era la menos añosa, aunque la menos agraciada: aquello de que carecía naturalmente parecía estar suplido artificialmente con los trucos de la fotografía digital y el maquillaje. Con ver sus fotos en su perfil, nadie sospecharía que su estatura era proporcional a su conducta: mediocres.


De estas tres, Rubi era la menos frívola, pero no bastaba para hacerme admirar: algunas de sus aficiones, como el “rock” y los cigarrillos la igualaban a la clase de personas de conducta predecible. Sin embargo, lo más reseñable y valioso de esta mujer treintañera era su respeto afectuoso hacia mí, obsequio del que Latinmelody y Evelin eran impotentes.


Quizá esta historia sobre las tres subalternas de Babydoll habría sido diferente si la mujer con la que yo había sido acompañado en mis inicios como “traductor” no hubiese sido Latinmelody: quizá yo no estaría narrando mi experiencia de once meses, sino una de tres semanas. ¿Quién podría congeniar con la insufrible Evelin sino otro tan frívolo como ella? En cuanto a Rubi, su aventura en la “agencia” bajo la dirección de Babydoll había sido tan breve, que, de haber sido yo su compañero asesor, habría quedado cesante cuando aquélla renunció a continuar trabajando con esta. Según Rubi me narró no circunstanciadamente, el altercado en que había incurrido con Babydoll, una tarde del mes de noviembre del 2008, y que derivó en su deserción de nuestro equipo, había estado motivado en el incumplimiento de parte de Babydoll en algo de lo pactado: ésta había prometido pagarle cierto dinero quincenal o mensual, que no le pagó, con la razón de que su Chat no era tan lucrativo como para cumplir la promesa de pago.


 


Yo podría conjeturar mucho sobre la cantidad de dinero que Babydoll pagaba a sus tres colaboradoras por las sesiones diarias de Chat (cada una de cuatro horas al menos), pero tengo por cierto que era una poquedad arbitraria adecuada a su ambición y tacañería. Yo sé bien que los comerciantes del porno Chat configuran sus páginas con “contadores” de tal manera, que cada uno de las modelos sepa que está ganando por cada minuto de trabajo; pero en esto del Chat de las agencias de matrimonio (Dating sites), el comercio de la falsedad puede ser mucho más lucrativo que el delicioso comercio del erotismo, porque sus dueños y administradores se cautelan de usar “contadores”, circunstancia que los aventaja para quedarse con la mayor parte de la ganancia. La causa del no uso de “contador” es obvia: mientras que los hombres usuarios del porno Chat saben que las modelos ganan dinero por cada minuto de sesión, los hombres usuarios del “Dating site” ignoran que las mujeres galanteadas reciben una compensación monetaria por las sesiones de Chat, habiendo sido acogidas y seleccionadas en la “agencia de matrimonio” mediante anuncios públicos en la sección de “ofertas de empleos” de cualquiera de esos periódicos mediocres de los que esta América folclórica abunda. Configurar la página del “Dating site” con un “contador” sería arriesgarse a ser descubiertos en su falsedad, porque éste valdría de evidencia en una eventual investigación policial.


Estos falsarios que dominan o administran estas empresas no solamente disimulan la intención real de proponer “mujeres solteras, desesperadas, desamadas” para que sean galanteadas mercenariamente, sino que además conspiran con ellas, cuando no las constriñen a que firmen una declaración falsa en la que aseveran que no reciben dinero por las sesiones de Chat. Soy testigo de la amenaza proferida por los administradores contra aquellas mujeres que no querían firmar la “declaración”. No fueron amenazadas con ser heridas ni muertas ni prisioneras, sino con retenerles el pago de sus sesiones de Chat.


No puedo aseverar, sin temor de error, que todas las mujeres que se prestaron a las sesiones de Chat habían consentido a firmar la “falsa declaración”, porque esta cautela se evidenció indisimuladamente en la época en que la madre putativa de Babydoll –S. H.- administró la “agencia de matrimonio” (desde los postreros días de diciembre del 2008 hasta los primeros días de junio del 2009). Se me ocurre como conjetura que, cuando yo empecé en agosto del 2008, las tres mujeres de Babydoll –Latimelody, Rubi y Evelin- habían ya sufrido la suscripción de la “falsa declaración”. Aunque mi conjetura estuviese desacertada –esto es, que ellas no hubiesen firmado esa “confección mendaz” antes de comenzar sus sesiones de Chat- no dudo que dos de ellas, Latinmelody y Evelin, estarían voluntariosas de mentir en un salón judicial, afirmando que no recibían pago por su asistencia a la casa-oficina, porque la correlación de estas dos con Babydoll era más de camaradería que de sumisión laboral. Excluyo a Rubi de esta posibilidad, pues, el hecho del que fui testigo, una tarde del mes de noviembre del 2008, en el que ésta discutió con Babydoll por un impago, me hace inferir la dificultad de que la primera pudiese favorecer a la segunda en un evento como el de un juicio.


 


Acabo de mencionar la camaradería de Latinmelody y Evelin con la arrendataria de la casa-oficina –Babydoll-, lo cual hace conveniente el que yo me dilate en este particular. La amistad y la camaradería son dos circunstancias relativas al trato personal que hay que distinguir muy bien. Me aventuro a conjeturar que la relación entre estas tres mujeres –Latinmelody, Evelin y Rubi- era amistad, pero aquella entre Babydoll y sus tres trabajadoras era camaradería, no siendo poca la desconfianza o recelo de éstas hacia aquélla. Nada amoroso era que Babydoll reprendiese a alguna de las tres, durante sus sesiones de Chat, por haber apagado la cámara (el video en directo era, para la agencia, más lucrativo que el tecleado), o por haberse levantado de la sesión y ausentado algunos minutos para ir al retrete a miccionar. Nada amoroso era tampoco que Babydoll fallase a Rubi en el cumplimiento de una paga prometida.


 


Este trío de amigas habían convenido con Babydoll en que el horario de Chat fuese de seis de la tarde a diez de la noche, que era el más conveniente al propósito de seducir hombres a consumir sus “créditos” en el engañoso galanteo, habiendo quizás ensayado otros horarios que habían resultado no tan lucrativos como los nocturnos. Una vez la sesión de Chat acababa, las tres mujeres no salían para sus respectivas casas, como ellas acreditaban falsamente en sus ficciones telemáticas, sino que se quedaban a dormir en la casa-oficina: Latinmelody y Evelin en un dormitorio del segundo piso; Rubi, solitaria, en uno del tercer piso. No puedo persuadirme a que esta cohabitación era una cortesía generosa de la arrendataria de la casa-oficina en consideración a que las familias de Latinmelody y Rubi habitaban en Guarne, un pueblo algo lejano de Medellín, sino que era parte de aquel acuerdo laboral secreto; esto es, que Latinmelody y Rubi podían quedarse en la casa-oficina como una compensación parcial por el trabajo que hacían en el Chat. Si Evelin también se quedaba a dormir allí, no era porque su familia habitaba lejos de Medellín, como era el caso de sus dos amigas, sino porque consentía a las exhortaciones de Latinmelody para que la acompañase. El día sábado parecía ser el día añorado por estas tres mujeres subalternas de Babydoll, porque podían regresar a sus respectivas casas, en las cuales holgarían hasta el lunes en la tarde, siendo la noche del lunes la primera sesión de Chat de la semana en la casa-oficina.


 


Me es necesario que particularice sobre Latinmelody, siendo este el capítulo sobre ella. Repito, pues, que, de no ser por esta, quizás mi empleo de “traductor” habría sido menos breve que los once meses que obré como tal, aunque su “actuación” se hubiese descontinuado por una hipotética enfermedad, temprano en el mes de noviembre del 2008. Latinmelody era algo agraciada, aunque no tanto que a primera vista fuese de admirar. Mirar a sus ojos verdes es una condición para percibir su gracia femenina, aunque su cabello contraste con ellos, pues, siendo crespo y negro, éste la iguala a una clase mayoritaria de mujeres que son encrespadas y pelinegras naturalmente. Lo que yo intento significar es que si la naturaleza del cabello de Latinmelody fuese lisa y de color rubio o castaño, habría que atribuirle una belleza excepcional, mayor de aquella que acabo de señalar comedidamente, aunque le faltaba prominencia en las mamas y altura en las piernas.


La primera vez que la encaré, sentados el uno al lado del otro, su conducta aventajó su realidad superficial; esto es, se me antojó simpática, aunque no hermosa. Después, durante las semanas que trabajé a su lado, esta circunstancia de la simpatía fue una constante, interrumpida muy pocas veces por algunas imprudencias e irrespetos de parte suya. No fueron pocas las veces que reímos de las incidencias de la “comedia” que actuábamos juntos: ciertos personajes, de aquellos que la galanteaban en el Chat, eran tan indignos de la juventud y de la gracia femenina de Latinmelody, que no podíamos evitar el burlarnos de ellos. Al referirme en general a ellos, se me facilita el recuerdo particular de un tal Michael, uno de sus más asiduos galanteadores, tan ridículo en apariencia como cualquiera de los miles de obesos calvos que supongo existentes en los Estados Unidos. El más añoso de ellos era quizás Dalmon (si no yerro en el pseudónimo), a quien podíamos bien atribuir, como edad, más de 70 años terrestres, y cuyo tema exclusivo en los chats era el erótico, el cual, siendo ineficiente para erotizar a Latinmelody, la hacía reír.

CAPÍTULO SEGUNDO

Capítulo Segundo – Las Primeras Revelaciones


El segundo telefonazo de parte de la “seudo agencia” ocurrió pocos días después de mi entrevista con la responsable de la misma: una tal Adriana, la cual disimulaba los nombres en su “farsa” cibernética con el seudónimo de Babydoll. Fue una sorpresa agradable tanto como la primera. No esperaba conseguir el empleo con tal facilidad, porque, según Babydoll me lo había presentado, éste era esa clase de empleos excepcionales y deseables que convienen a un hombre que, como yo, está aficionado a los computadores y al estudio del idioma inglés. Sentarme a un computador durante cuatro horas diarias, traducir del español al inglés lo que “ellas” (las nacionales) emitían como locución de novias, y del inglés al español lo que “ellos” (los extranjeros) correspondían en su incauta cortesía aduladora, se me antojaba interesante, fácil, divertido, conveniente y novedoso. El telefonazo de Babydoll, aquella tarde de agosto de 2008, era porque requería un traductor con urgencia. Ignoro por qué me había elegido y sobre cuántas personas más. En un país desdeñable como este y aquellos confines, en el que abundan sin control las multíparas y en el que, por lo tanto, resulta esta asquerosa competencia humana por espacio, alimentos y empleos, hallar un trabajo digno es tan difícil como conocer alguien que no esté contaminado con eso ridículo que denominan “cultura” (alias costumbre o moral). Ignorante, pues, del “por qué” Babydoll me había seleccionado, pero enterado de su urgencia, tenía el problema de cómo transportarme de mi casa a la suya en el menor tiempo posible. Se nos ocurrió consensualmente que el taxi era el medio más rápido para recorrer los más de veinte kilómetros de distancia, habiendo desaprobado la bicicleta, el bus y el Metro.


La mujer que me abrió la puerta de la “casa-oficina” fue la misma que me la había abierto hacía casi una semana, la primera vez, el día de la “entrevista laboral”. No era la portera del lugar, sino una de las tres mujeres que Babydoll tenía produciendo ganancias en el Chat. Al percatarme de la superficie descubierta de su abdomen, de su escote, de sus jeans estrechos, sus zapatos altos y su maquillaje, no pude evitar repetir la fantasía que se me había ocurrido el primer día de mi entrada en la “casa-oficina”: me había entonces imaginado “trabajando” para mujeres de un “sex Chat” en el cual yo me deleitaría mirándolas. ¡Deliciosa ocurrencia! ¡Devengar un pago por delicias visuales! La mujer en mención no era una Rosa Caracciolo en belleza. Antes, la morocha era una de esas que conocemos como “costeñas malucas” (mujeres poco agraciadas); pero su manera de exhibición me incitaba a esperar el hallazgo allá adentro de mejores ejemplares femeninos. Las dos mujeres que hallé en el segundo piso, en plena acción laboral, aventajaban en mucho a la morocha, tanto en la naturaleza como en sus modos de presentación. Una de ellas bailaba ante la cámara Web, adornada con un sombrero, jeans estrechos y una blusa con la que adrede había descubierto su ombligo. La otra, que se convertiría desde esa misma noche en la mujer que yo “trabajaría” durante los cuatro meses siguientes, estaba sentada con una minifalda imposible de desatender. Esta prenda probablemente era parte de un espectáculo prometido a los extranjeros del Chat para la noche –con este vocablo de “espectáculo” estoy significando que estas tres mujeres, Latinmelody, Eve y Rubi, se alternaban en posar y bailar a la cámara, vestidas con aquello que habían prometido horas previas al Chat, mediante correos selectivos—. Las tres horas siguientes a este recibimiento no solemne fueron más de expectativa que de adaptación. Aunque las actitudes, ropaje y palabras de las tres mujeres en mención desemejaban aquellas usadas en otros lugares de “encuentros románticamente heterosexuales”, como un restaurante o un jardín público, ninguna de estas me confirmaba estar en un “sex chat”. Se me ocurrió que aquello que estaba presenciando era una etapa de examen, en la cual el “traductor” había de ganarse la confianza de las compañeras y probar sus habilidades del inglés como del teclado del computador. Conjeturé consiguientemente que, una vez superase el examen, me promoverían al tercer piso, un lugar fantástico en el que un número mayor de tres mujeres estaban para deleitar al público masculino con sus desnudos televisivos y con sus juegos erotizantes. Esta fantasía mía no fue continua más que 24 horas, porque a la tarde siguiente, Latinmelody y Rubi, con quienes había coincidido afuera de la casa del 66-18, momentos antes del horario concertado para el inicio de mi segundo “Chat”, me desengañaron con una verdad tan indisimulada como desmaquillados sus rostros estaban: no solamente no presenciaría un show de desnudo adentro como parte de mi trabajo, sino además que todo lo que yo teclearía sería parte de un concierto para que ellas ganasen dinero, no respectivos “maridos”. Mentir y fingir en el “Chat” sería tan principal, que, de no hacerlo, la empresa de Babydoll se aniquilaría. Esta confesión de parte de Latinmelody y Rubi, si bien desvirtuó mi esperanza de colaborar con mujeres que se desnudarían ante una cámara, no me desmotivó para continuar trabajando para ellas. No renunciar al trabajo después de conocida la motivación de las mujeres para esto del “Chat” equivalía a aceptar una complicidad que no me pareció tan grave como los hechos posteriores.


A veces me pregunto si aquella vacancia que yo había llegado a suplir como “traductor” no había sido el resultado del escrúpulo de un “traductor” predecesor. Ciertamente, el anuncio gratuito que Babydoll había dejado en uno de los periódicos locales estaba destinado más al “reclutamiento” de mujeres para seducir extranjeros al “Chat”, que a la solicitud de “traductores”. Por eso, me sorprendió la facilidad con la cual Babydoll me vinculó a esa farsa colectiva en la que había degenerado la “agencia”. Durante los casi cinco meses que colaboré con ella (los otros seis siguientes fueron con su madre putativa), la desvinculación de los “traductores” se sucedía tan súbitamente como la deserción de esos trabajos indignos (ventas ambulantes) en los que nadie, o muy pocos, son asiduos. La palabra “traductor”, en esto de la conspiración de las “agencias de matrimonio”, como se entenderá poco a poco, según yo avance en mi relato, es tan engañosa como este nombre compuesto de “agencia de matrimonio”. La incumbencia de un “traductor” es más que traducir: es promocionar las mujeres de la “agencia” como si éstas fuesen artículos comerciales, es embaucar al “cliente”, es conspirar con “ellas”. Si a algún incauto el nombre de “agencia de matrimonio” aún importa la noción de una oficina en la que mujeres, o poco agraciadas, o muy exquisitas, o de ambición internacional, se hacen inscribir y aguardan a que les telefoneen para enterarles de que ya hay un hombre interesado en una de ellas, a ese incauto yo desengaño con aseverar que una “agencia de matrimonio” es en época moderna un negocio ciberespacial cuyo principal fin es el de seducir hombres a un Chat mediante la falsa promesa de que en éste ellos “conversarán” con hermosas mujeres “solitarias” y “desesperanzadas”. La falsedad de tal promesa está en que quienes “conversan” las más de las veces con ellos no son ellas, las mujeres ofrecidas como “buscadoras de matrimonio”, sino los “traductores”, hombres y mujeres a quien se confía la tarea de entretener en el Chat a los incautos extranjeros, para defraudarlos del dinero que pagan por cada “crédito”. Un “crédito” en esto del Chat es la posibilidad de transponer una palabra, una frase o una cláusula, del computador del extranjero que teclea al computador de la supuesta mujer galanteada. Un “what you are beautiful!” cuesta al extranjero incauto tanto como un mero monosílabo (yes, wow, hi, etc.), o como la trascripción del texto de una canción, según que aquello, esto o lo otro esté precedido del botón “ENTER”; esto es, que cada “crédito” es la posibilidad de mandar un símbolo, una letra, una frase, por medio de un “ENTER”. Por lo que yo pude inquirir, cada “crédito” está apreciado en un dólar, aproximadamente. Dicho lo cual, usted podrá ahora suponer cuán precioso resultaba al extranjero desarrollar un coqueteo. Finjamos, por ejemplo, que a uno de estos hombres, a quien nombramos Myron acá, resta solamente cinco “créditos” de algún paquete de cien que había comprado y consumido en anteriores sesiones de Chat. El incauto arriesga uno más en alguna de las “nuevas adquisiciones” de la “agencia de matrimonio” y en cuyo perfil leyó que era seria, romántica y diferente de las demás (frase trillada de la mayoría de los perfiles). Myron arriesga, pues, un crédito en “Hello, princess!”, temiendo que esa “hermosa princesa” no responderá, pues es demasiado bella para un hombre añoso y poco agraciado como él. Le restan cuatro créditos, de los cuales él no querrá arriesgar otro en la “supuesta mujer” galanteada si ella no le responde. Contrariamente a su temor, a Myron sobreviene una respuesta que el incauto no puede reputar como originaria de “la princesa” o de su “traductor”, porque los incautos, muchas veces, ignoran que “las princesas” están acompañadas de un traductor no automático. Supongamos que la respuesta es un “Hello, baby”, otra de las frases trilladas en el ciberespacio, y que Myron, feliz por el honor que la “princesa” le tributa con ella, gasta otro de sus “créditos” en complementar el galanteo iniciado: “you are really beautiful!” A Myron restan ahora tres créditos. Entre la “princesa” y su “traductor” no hay deliberación sobre lo que hay que responder a estas cuatro palabras recién prodigadas: están alternando su “seducción” entre varios incautos al mismo tiempo y no pueden más que sucintarse en un “really?”, que aunque valga literalmente por un “¿de verdad?”, intencionalmente vale por “sí, sí, imbécil, sigue. Queremos que acabes todos tus créditos con nosotros”. A Myron restan dos créditos ahora, de los cuales convertirá el penúltimo en un “princess, will you wait for me a minute while I buy more credits?” (Princesa, ¿me esperas un minuto mientras compro más créditos?) y el último en un “thanks”.


Si seducir hombres a un Chat es problemático, no lo es menos hallar mujeres “agraciadas” y jóvenes que acepten aventurarse en este trabajo en el que la paga varía, no solamente según las horas, sino según la “astucia” de ese cómplice que nombran “traductor” y según la tacañería o ambición de la dueña de la agencia. Quizás subsista alguna “agencia de matrimonio” en la que sus responsables no laboren con la falsedad del “Chat”; pero dificulto mucho en ello.


En esas dos primeras semanas de complicidad mía con aquellas mujeres, pensaba en el momento en que “Babydoll” me pagaría por mis horas de trabajo, tanto por la importancia del dinero como por la de desvirtuar el temor de que no lo hiciese. El impago podía ser la causa de la discontinuidad laboral del “traductor” anterior a mí, en vez de algún “escrúpulo” suyo. Esta posibilidad no había sido una invención mía, sino el resultado de una accidental conferencia con uno de los “traductores” anteriores, el cual, cualquiera día de esas dos primeras semanas, había coincidido conmigo en la puerta de entrada de la “casa-oficina” de Babydoll.


Preguntado si hacía mucho que aguardaba afuera, me respondió que sí. Preguntado si era uno de los “traductores”, me respondió que lo había sido. Preguntado por la causa de su desvinculación, me respondió que “el trabajo no era serio”, que Babydoll le adeudaba el pago de las horas laboradas y que cada vez que venía a cobrar, ella se le escondía. La aseveración del hombre era fidedigna, tanto más cuanto supe, algunos minutos después, que Eve y Latinmelody habían también estado afuera eludiendo al hombre desde que lo vieron conferenciando conmigo: en vez de acabar de llegar a la “casa-oficina”, se habían ocultado en algún lugar cerca desde el cual esperaban que el hombre desistiese de su intento de entrevistarse con Babydoll. Al final, cuando la requerida nos abrió la puerta, quizás ya desesperada de aquello mismo que Eve y Latinmelody esperaban, las rezagadas nos alcanzaron en la entrada y todos cuatro entramos simultáneamente.


Esa misma tarde, el hombre al que Babydoll, Eve y Latinmelody habían eludido desde diversos lugares recibió su pago de la primera, acaso precisada a hacerlo por la circunstancia.


Al componer esta memoria, mi intención no es favorecer ni vilipendiar a esa codiciosa mujer que dirigía maliciosamente la “agencia de matrimonio” con su sonrisa hipócrita casi incesante; pero entre los pocos hechos favorables que puedo citar como originarios de ella esta aquel de que no me falló en la paga merecida, aunque ésta no fuese siempre puntual. Este hecho casi quincenal me restituía a la duda de si aquella vacancia que Babydoll suplió conmigo como “traductor” no había sido el resultado del escrúpulo de un “traductor” predecesor. Lo cierto es que, cualquier día de estas dos primeras semanas, uno de los “traductores” que colaboraban con nosotros fue despedido por Babydoll como consecuencia de alguno de los melindres femeninos de Eve (pseudónimo de Evelin) contra él. Me era esta Eve extremadamente antipática y me pregunto ahora cómo ella no logró que Babydoll me despidiese también, pues desde el primer momento que la encontré, Eve evidenció una inexplicada antipatía contra mí. Fue quizás el defecto de una bienvenida de su parte lo que causó esa desavenencia entre nosotros durante todo el tiempo en que coincidimos en la casa-oficina. Para ella, yo no era más que un “engreído” que no frivolizaba mi trabajo como ella hacía con sus compañeros. Para mí, ella no era más que una frívola impertinente, poco agraciada, mentecata, de poca estatura. Fue un gran bien que Eve no hubiese sido la mujer con quien tenía que sentarme a embaucar hombres en el “Chat”, excepto muy pocas veces.

CAPÍTULO PRIMERO

Capítulo Primero


El Anuncio Gratuito del Periódico – La Sorpresa del Telefonazo – Mi Extravío


 


En el mes de agosto de 2008, comencé un trabajo a destajo tan extraño, que muy pocos sospecharían que existe. Al calificarlo de extraño no intento decir que “nosotros” fuimos los inventores del mismo, sino importar la extrañeza causada con el descubrimiento de que ciertas “instituciones”, denominadas en español y en inglés, respectivamente, como “agencias de matrimonio” y “dating sites”, se hubiesen aventurado en un negocio que, hasta antes del desarrollo del ciberespacio, era el negocio de embaucadores “no pagados” que escribían a extranjeros, por correo aéreo, con el noble pretexto de iniciar una correspondencia heterosexual previa a la unión marital y que, una vez seducidos a creer la ficción, comenzaban a pedirles dinero.


El trabajo era para una tal “agencia matrimonial” de Medellín-Colombia, nombrada “I… Links”, en la cual fui vinculado en calidad de “traductor” de mujeres que estaban procurando emparejarse con algún extranjero, y había sido un logro fácil, casi impensable. Entre el hallazgo de aquel anuncio, redactado en inglés e impreso gratuitamente en uno de los periódicos locales de la ciudad, el cual, traducido, podía entenderse como “gana dinero mientras escribes en inglés por Internet”, y el telefonazo de la responsable del mismo, había mediado menos de seis días. La mujer, al otro lado de la línea telefónica, me explicó en qué consistía el trabajo mientras indagaba por mi habilidad para teclear y para escribir en inglés. Le respondí, no solamente que ambas habilidades eran positivas en mí, sino que podía también escribir en francés y en italiano, como autodidacta de estos idiomas que he sido desde mi edad veinteañera. La ventaja ofrecida de una pluralidad idiomática pareció no interesarle, como si no fuese tal. Acordamos una entrevista para las siete de la tarde de aquel día en lo que ella denominaba su “oficina”.


Recuerdo con displicencia la circunstancia de lluvia iniciada en algún momento previo al hallazgo dificultoso del lugar de la “cita”, y no acabada sino algunas horas después. Peor que la lluvia, era mi desorientación en aquel sector de la ciudad de Medellín, con el cual no estaba familiarizado. Había decidido partir de casa, vehiculado en la bicicleta, unas dos horas antes del tiempo acordado, para orientarme tranquilamente hacia la dirección señalada por la mujer del telefonazo. Más de una hora después de la partida, mi tranquilidad comenzaba a convertirse en desasosiego con el desacierto de la nomenclatura 66-18 y con la oscuridad del anochecer en aumento, equivalente a una ingrata retrocuenta: cuanta menos luz solar percibía, menor era la oportunidad de llegar puntualmente a la “cita”. En vez de siete campanadas, la hora siete, la hora acordada se notificaría con la oscuridad total del ambiente. Se me ocurría que un telefonazo, por el cual reconocería que me había extraviado, podía eximirme de la urgencia y hacerme merecedor de una “cita” para el día siguiente; pero el temor de que no me la concediese me abstuvo de hacerlo. Hice guías de unas tres o cuatro personas que encontré o alcancé en mi pedaleo errático, las cuales me indicaron cómo encaminarme, no hacia la casa numerada 66-18, sino hacia un centro comercial que estaba cerca de la casa.


Podía haber explicado mi impuntualidad de diez o quince minutos como un defecto de familiarización con el sector, pero nadie, ni entonces, al llegar a la casa-oficina, ni después, durante el casi año en que colaboré allí, me pidió una explicación. Como ciertos clítoris difíciles de hallar dentro de sus continentes labiales, así era la casa del 66-18: cubierta, disimulada, difícilmente accesible. Ni siquiera el 66-18 era legible. Mientras llamaba a la puerta, dudé que hubiese acertado con ella; pero la mujer que acudió a mi llamado me absolvió la duda, aun con su desgano de hablar conmigo.

jueves 20 de enero de 2011

SWEETHMARTHA

Capítulo Cuarto – Sweetmartha


Además de estas tres mujeres que trabajaban para Babydoll y que cohabitaban con ella en la casa-oficina de lunes a sábado, Sweetmartha merece un capítulo aparte por muchas de sus diferencias conductuales respecto a aquellas. Sweetmartha era el seudónimo de Martha H. C., la cual conocí en el lugar la noche de un sábado, quizás dos semanas después de mi inicio como “traductor”. Su nombre y sus datos personales pertenecían a una hipotética nómina de mujeres que podían haber requerido la mediación de la “agencia” para hallar un “marido”. Si yo refiero lo de la nómina como una hipótesis, es porque no la vi durante el tiempo que yo trabajé para Babydoll, pero que se ha de suponer fácilmente, en consideración a que la “agencia” estaba registrada como tal en el directorio telefónico de Medellín. Presumo que el negocio de Babydoll, para la época en que yo fui vinculado a este, era la degeneración de algo que ella podía haber regido honestamente antes de la invención y popularización del Internet. Babydoll pudo acaso haber mediado efectivamente para que algunos extranjeros emparentasen con algunas de las mujeres que le pagaron para que sus nombres, fotografías y datos personales figurasen en una nómina de mujeres candidatas al rito del matrimonio. Por la relación de Sweethmartha y de otras dos mujeres que convinieron en lo mismo, Babydoll se valía del correo aéreo y de las fotos de papel, para ello. Yo supongo que el extranjero, habiendo seleccionado alguna de las colombianas de un “catálogo”, enviaba a la “agencia” de Babydoll la carta destinada a adularla, y que aquélla la traducía, con lo cual se iniciaba una breve correspondencia epistolar que, finalmente, resultaba en la venida del extranjero a la casa-oficina, para tratar personalmente a la “elegida”.

Un antecedente como este parece haber sucedido a Sweethmartha. Si no lo asevero como un hecho es porque solo ahora dudo de la mayoría de las relaciones que ella me refería y que yo creía amistosamente entonces. Tengo aún por verdadero que Sweethmartha había concebido accidentalmente una hembra nombrada Dayana, a quien, en la época en que yo la traté personalmente, atribuían trece años de edad; pero, por incierto, que el genitor de Dayana fuese ese desconsiderado que, una vez enterado de la accidental generación, se desentendió tanto de los cuidados que la gestante esperaba como de aquellos que la recién nacida merecía. Confieso que esta historia o mentira sobre el padre de Dayana había sido de mi total crédito hasta hace algunos meses, aún mucho después de que Sweethmartha había unilateralmente declarado acabada nuestra amistad. Los hechos que acontecieron después de esa declaración ahora me hacen sospechar que el designio de esta mujer no era el de instituirse como esposa de un extranjero, sino el de conseguir la ciudadanía estadounidense. Y con esta duda, muchas otras inciden, entre las cuales aquella sobre el genitor de Dayana: ¿era él de tal vileza cual Sweethmartha quería significar, o, por el contrario, era un hombre honesto que ella abandonó por alguno de los melindres femeninos, o por su ambición de habitar en Estados Unidos?

Repito, pues, que Sweethmartha era quizás una de esas mujeres que se habían inscrito en la “agencia de matrimonio” en aquella época cuando la red de Internet no se usaba aún para embaucar hombres en el Chat y cuando Babydoll se valía del correo aéreo para agenciar el galanteo internacional. Fue así como Sweethmartha, un año, o dos, antes de mi iniciación en la “agencia” había conocido personalmente a un hombre de quien sabía nada sino su nombre y algunas de las adulaciones enviadas por correo a la dirección de Babydoll, las cuales ésta le traducía. Lo que estoy significando es que Sweethmartha, y quizás cuántas mujeres más, se había prometido en matrimonio a un hombre de aspecto desconocido, o apenas descrito, o apenas expuesto en una vieja fotografía. Cuando el hombre en mención vino a conocerla personalmente, la “cita a ciegas” resultó exitosa: subsistió la promesa de matrimonio entre ellos, aunque el aspecto del galanteador no hubiese sido más ventajoso que las cartas adulatorias, y, consecuentemente, ambos comenzaron a prepararse para asociarse como esposos: él, regalándola con cosas comerciales, entre las cuales un anillo de compromiso; ella, correspondiendo con cosas incomerciables, pero no por ello inválidas. Una tarde cualquiera, él telefoneó a la casa de ella, como solía hacer desde su venida a Colombia y desde la ratificación de la promesa matrimonial. La persona que respondió el telefonazo no era Sweethmartha, sino la hermana, la hija o la madre, quien dijo que ella no estaba en casa en el instante. Cualquiera puede opinar que la ausencia de casa de una galanteada es nada grave, pero Sweethmartha refiere el hecho como la causa por la que el galanteador se agravió hasta el extremo de hacerse irreconciliable y pedir en devolución todo lo que había dado, incluso el anillo. Ignoro si fue la primera vez que él la halló ausente de casa, pero tengo que deducir que el agraviado se enceló por esa poquedad, a no ser que yo quiera sospechar que ella se ausentaba de casa con una frecuencia que no sabía explicar al celoso telefoneante.

Ignoro también si Sweethmartha, después de esta frustrada correspondencia, había continuado buscando la sociedad marital diferentemente que por la “agencia” de Babydoll. Lo cierto es que aquella noche de sábado, Sweethmartha acudió a la casa-oficina, con una impuntualidad que se haría continúa en posteriores citas: había sido emplazada para las seis horas de la tarde, pero había llegado después de las siete. Era relativamente agraciada como Latinmelody, aunque un poco más alta; bella, aunque no hermosa. El trato amistoso de una persona con otra, en la diferencia heterosexual, tiene un no sé qué de embellecedor, o quizás Sweethmartha se sometió a una metamorfosis artificial para embellecerse durante el breve tiempo en que estuvimos amistados. Si la primera vez que nos encontramos yo la hubiese puntuado con un seis de diez, en la última, tendría que haberla puntuado con un ocho. No era solamente la prominencia de sus tetas, agrandadas artificialmente a un mes de haberla conocido, sino que había algo más en ella que la diferenciaba de aquella mujer carrilluda de la primera vez. No es desatinado suponer una cirugía plástica del rostro, aunque tampoco extravagante el presumir que entre la primera imagen y las últimas podía haber mediado ciertos sentimientos, tantos suyos como míos, por los que o ella había reasumido el uso de maquillaje y de otra coqueterías, o la adaptación visual de su ser en el mío había corregido las desproporciones con aquel delicioso congraciamiento que rinda la aparente amistad. Si menciono su coquetería, no estoy significando que Sweethmartha se había propuesto coquetear conmigo, sino que nuestras primeras sesiones de Chat la habían esperanzado súbitamente en el designio de hallar la sociedad marital: dos hombres de Estados Unidos se habían mostrado sobremanera interesados en ella, los mismos que serían la causa por la que, dos meses después, ella y yo nos desamistaríamos.

Como yo dije arriba, esta mujer, que Babydoll había nombrado Sweethmartha, pertenecía a una hipotética nómina de mujeres que podían haber requerido la mediación de la “agencia” para hallar un “marido”, lo cual la eximía aparentemente de aquella ficción colectiva que Babydoll y sus tres subordinadas mantenían en el Chat. Esto es que Latinmelody, Evelin, Rubi asentían a prestarse a sesiones de Chat por una paga quincenal, sin considerar el daño que podían causar a los extranjeros que resultasen enamorados de esa aventura mercenaria; mientras que Sweethmartha se declaraba como una mujer desinteresada de los regalos que pudiesen ser ofrecidos en sus sesiones, y del dinero que Babydoll le ofrecía para que participase de la compañía de embaucadores, su único designio, según Sweethmartha, siendo aquel de hallar un hombre extranjero, sin la expectativa de que este hombre fuese bello ni rico, ni joven. Lo que Sweethmartha decía de los regalos era cierto: durante esa brevedad de dos meses en los que yo estuve amistado con ella y que fui su “traductor”, disuadió a algunos de sus galanteadores de la oferta de un computador portátil, joyas, y la financiación de un aprendizaje del idioma inglés. A tales ofertas exorbitantes ella respondía que deseaba solamente el amor de un hombre.

Tengo también casi por cierto que Babydoll no pudo persuadir a Sweethmartha para que trabajase con ellas, lo cual no ha de entenderse como que la primera no derivaba lucro de la segunda: no hay que olvidar que cada minuto de Chat es lucrativo tanto para los que señorean como para los que administran el fraude de los “Dating Sites”. Me era evidente que Sweethmartha se sentía incómoda en la casa-oficina, quizás por la presencia en ella de Latinmelody y de Evelin, de quienes estaba distante y para quienes ella era una “extraña”, o quizás por repudio de lo que se hacía en el lugar. A Sweethmartha era tan ingrata la casa-oficina de Babydoll, que la mayoría de nuestras sesiones de Chat fueron hechas desde “café-internets”, en los días que yo no tenía que trabajar con Latinmelody: sábados y domingos. Estas sesiones estaban autorizadas por Babydoll, a quien yo tenía que reportar el número de horas de las mismas, para que me las pagase quincenalmente.

Si el negocio de Babydoll era el lucrarse de la ignorancia de los extranjeros respecto al motivo verdadero por el que sus tres “camaradas” se sentaban al computador, de lunes a viernes de 6 p. m. a 10 p. m., ¿por qué aquella había concedido a Sweethmartha la posibilidad de sesiones de Chat desde otro lugar que la casa-oficina, con la asesoría de un “traductor”, sabedora de que su designio era bien diferente del propio? Se me ocurre, como respuesta a la duda, que aquello no era un obsequio amistoso de Babydoll para con Sweethmartha, sino un método para intentar seducirla al grupo, el cual le resultó un fracaso. El intento no era nuevo: veces anteriores Babydoll le había propuesto que trabajase para ella, a lo que Sweethmarta respondía con la mentira de que estaba trabajando para una agencia de viajes y que, por lo tanto, no podía asistir a las sesiones de Chat de la casa-oficina.

Como está dicho, cada minuto de Chat es muy lucrativo; pero, en este negocio, nadie sabe quién engaña a quién: o Babydoll recibía una pequeña comisión por los Chats de Sweethmartha, o aquella no estaba satisfecha con lo mucho que lograba de éstos, porque varias veces me advirtió que lo que yo estaba “produciendo” con Sweethamartha no bastaba siquiera para pagarme, advertencia que yo no desconsideraba, y en consecuencia de lo cual procuraba seducir más hombres a entretenerse con nosotros. Con aquella opinión que yo tenía de Sweethmartha, a quien tenía por honesta y diferente de las mujeres frívolas, aunque reservada, decidí que, si Babydoll desautorizaba las sesiones de Chat con aquella, yo continuaría asistiéndola como “traductor” aunque fuese gratuitamente.

Según los hechos, yo no era la única persona propiciada con aquella opinión de ser Sweetmartha honesta y diferente de las demás: desde nuestra primera sesión de Chat dos extranjeros parecían consentir en este parecer y se confirmaban en ello cada vez que la galanteada aseveraba que “no procuraba dinero ni regalos”, aseveración que podía resultar paradójica cuando comparada con la pedigüeñería de las demás mujeres reclutadas por “russianlovematch”. ¿Qué tan verdadera era Sweethmartha cuando aseveraba que “no procuraba dinero ni regalos”? Esta es una cuestión que solo ahora me ocurre, y que no puedo decidir por la distancia, tanto real como ideal, que tengo con respecto a ella y a sus dos “enamorados”. Aquella certidumbre mía de una Sweethmartha honesta se convirtió en una duda, como sus tetas en unas supertetas. Uno de aquellos dos extranjeros a los que me he referido como asiduos “galantes” tampoco ha de estar ahora seguro sobre esta mujer, por no haber sido el “elegido”, circunstancia que le bastará para hacerle dudar si Sweethamartha no era una farsa más como las demás mujeres de “russianlovematch”. Esta es la oportunidad para introducir acá a estos dos personajes que rivalizaron inadvertidamente por una misma mujer, sin sospechar la rivalidad, sino que yo se las descubrí. Predicar de Pedro Sotolongo y de Dwayne es como hacer una antítesis: el primero es un ser pequeño, de piel oscura, nacionalizado en Estados Unidos, inmigrante de Cuba. Dwayne es un “rubio” alto, obeso, y tan estadounidense como el mismo Hollywood, al menos por lo que consta en la única fotografía que vi de él en el tiempo en que lo tratamos a través del Chat. El primero decía ser un hombre pobre que se había licenciado de abogado tras años de estudio costeado con diversos trabajos afanosos, entre los cuales lavador de platos. El otro decía ser un rico empresario, gerente de una empresa de servicios de Internet. Esto evidencia que ambos procuraban congraciarse diferentemente con Sweethmartha: el uno, significando que era un afanador, alguien que había prosperado poco a poco hasta conseguir licencia de abogado, una casa en Miami y una hermosa camioneta; el otro, que era un aventajado de nacimiento, con una casa que se asemejaba a un castillo (nos enviaba fotos de la fachada y del interior), y con una empresa por la que esperaba hacer millones de dólares en un futuro cercano. El cubano aseveraba ser padre de no sé cuántos hijos, uno de los cuales vivía con él, una niña, por ser la menor de ellos. El rival del cubano afirmaba ser padre de un niño nombrado Ryan, quien habitaba con él.

Poco puedo citar como semejante entre los dos rivales; por ejemplo, que ambos estaban divorciados y que hablaban nada de sus “conciudadanas” estadounidenses, como si las mujeres de “russianlovematch” fuesen sus últimas oportunidades de ejercer la sexualidad en la reglamentación de un matrimonio. Que el uno era pequeño y el otro alto; o que el uno era mayor en edad que el otro en diez años; o que el uno era más adinerado que el otro, eran diferencias sobre las cuales Sweethmartha no dejaba trascender una opinión. Aquella sospechosa aseveración de que “la apariencia del hombre” no era definitiva era solo admisible si ella hubiese sido una invidente. Si su designio era solamente conseguir la ciudadanía estadounidense, hasta el hombre menos agraciado o el más añoso de Estados Unidos tenía la misma oportunidad que estos dos personajes que estoy mencionando en esta memoria. Esto de que “la apariencia y la edad de un hombre” no son circunstancias de considerar era el lema de todas estas mujeres que embaucan extranjeros en el Chat de “russianlovematch” y de muchos otras páginas de “Dating Sites”; pero esta mujer, Sweethmartha, era aparentemente consecuente con lo que decía: ella, en esa brevedad de dos meses en los que la asistí como “traductor”, nunca construyó una burla o un vilipendio contra alguno de esos hombres que se alternaban en el Chat para galantearla. Como dije al principio de este capítulo, mi admiración de esta mujer no era tanto por su forma como por su conducta. No había en ella algo que supusiese la veleidad de otras mujeres. Quizás era muy astuta y se había preparado de tal manera, que evitaba expresar y actuar todo cuanto pudiese descubrir su “verdadero designio”, supuesto el caso de que “lo del matrimonio” con un extranjero era una falsedad para conseguir la ciudadanía extranjera. Lo contrario ocurría con Latinmelody y la frívola Evelin, quienes no disimulaban conmigo la burla que hacían de las fotos de sus “galanteadores” del Chat, la mayoría de ellos siendo hombres seniles que se habían descuidado hasta la indecencia de la obesidad o de la flacura, quien con una papada, quien con una calvicie.

No dudo que Pedro y Dwayne consentían conmigo en esta buena opinión sobre Sweethmartha, la cual, aunque podía estar actuando tan falsamente como las otras mujeres de “russianlovematch”, lograba aparentar una honestidad sorprendente. Por virtud de este crédito de mujer honesta, antes que por cualquier virtud formal (en el catálogo en línea de “russianlovematch”, las ucranianas aventajaban a las latinoamericanas en belleza), los dos rivales fueron asiduos en galantearla, cada uno de los cuales con la seguridad de que no había otro hombre en rivalidad. En cada una de nuestras sesiones de Chat, habíamos de alternar la conversación de Pedro con la de Dwayne, sin dejar que el uno sospechase de la existencia del otro. La prosa castellana del primero suponía un esfuerzo económico, pues se dividía en cláusulas prolijas que él enviaba con un solo “ENTER”; en tanto que la prosa inglesa del segundo, una gran generosidad, pues parecía no escatimar un dólar para enviar una sola palabra, lo cual, de palabra en palabra, de “ENTER” en “ENTER”, podía importarle la pérdida o la inversión de una fortuna pecuniaria. En esta prodigalidad de “ENTERS” y en esa facundia adulatoria, Dwayne dejaba trascender una romántica fantasía en la que la adulada y el adulador generarían un ser femenino que había de nombrarse “HOPE”, y quizás otros más, masculinos o no, como consecuencia de ese deseo manifiesto de coitar día y noche con la futura esposa. De estas fantasías verbalizadas, ni Ryan ni Dayana, los hijos ya existentes, estaban excluidos. Dwayne prometía que Dayana asistiría a una de las mejores escuelas de Kentucky y que le prodigaría, cada mes de diciembre, centenares de regalos. Ni la madre ni la hija, una vez llegasen a los Estados Unidos, volverían a viajar en bus, sino en vehículo privado. Las visitas a “Disney World” menudearían tanto como las idas al cine, etc.

En su parsimonia de “ENTERS”, la facundia de Pedro, aunque era tan adulatoria como la de Dwayne, no era fantasiosa. El cubano prefería hacer prevalecer sus cualidades personales sobre aquellas de un posible bienestar financiero: en vez de castillos, autos privados, o centenas de juguetes dirigidos a Dayana, él como que significaba que la mayor fortuna de Sweethmartha sería el Pedro que había aprendido cinco idiomas por autodidactismo, el Pedro que conocía todo cuanto estaba trillado por los historiadores, desde el descubrimiento de América hasta el nombre del último presidente de Colombia, el Pedro que se lisonjeaba de poder partir no sé cuántos ladrillos de un manotazo, el Pedro que entretendría a su esposa con una composición oral diferente para cada día, el Pedro que no tocaría a Sweethmartha, sin su consentimiento, ni siquiera con el “pétalo de una rosa”.

Para ella, esta correlación suya con Pedro y Dwayne, sin que el uno sospechase la rivalidad del otro, era inocente. Opinaba que no podía elegir uno de los dos sin haberlos careado personalmente y que en alguna posteridad les confesaría lo ocurrido. Yo podía haber consentido con ella, pero empezaba a reputar como grave que ambos se comportaban como si nada ni nadie pudiese entonces impedirles la sociedad marital con Sweethmartha: el cubano escribía sobre la necesidad de enviarse mutuamente fotos y composiciones que emplearían después como evidencia de la relación prematrimonial en el intento de conseguir la visa estadounidense. El primer viaje suyo a Colombia había de realizarse antes de que el mes de diciembre de 2008 acabase, según él escribía, y durante su estancia en Medellín podía ocurrir ese delicioso coito suyo con Sweethmartha que él había de estarse anticipando, según su propuesta de que uno de sus primeros hechos al llegar a Colombia fuese someterse a un examen de SIDA, para tranquilizar a Sweethmartha sobre su salud. En tanto, Dwayne, con su imaginación de múltiples coitos, proponía Ecuador y Panamá como países en los que él y Sweethmartha podían reunirse sin el riesgo de ser “raptado”. Dwayne aseveraba que los otros socios de la empresa de la cual él era gerente y copropietario no lo dejarían venir a Colombia por temor de un “rapto”.

Era tal la confianza que cada uno de los dos rivales derivaba de sus “fortunas” -la una insinuada por la hazaña de haber Pedro inmigrado a Estados Unidos, trabajado y estudiado allá, y la otra señalada con el hecho de ser Dwayne el gerente de una empresa de Internet que había de prosperar mucho en el futuro cercano- que ambos se sentían ya licenciados para fantasear con aquello que no había de fantasearse sino después del primer beso, o del anillo de compromiso, o de la promesa formal de matrimonio. Ciertamente, esta mujer no engañaba a Pedro y a Dwayne como las otras mujeres de “russianlovematch” engañaban a los demás usuarios: su engaño consistía en dejar a ambos con esa confianza que había de resultar necesariamente en un daño para alguno de los dos. El engaño no podía mantenerse perpetuamente: tarde o temprano, uno de los dos había de conocer que estaba en una circunstancia de rivalidad, pero esa verdad podía concederse tarde, para cuando el otro ya estuviese apoderado como marido de Sweethmartha.

Fue con esta consideración y después de mucho porfiar que persuadí a Sweethamartha para que confesase la rivalidad a uno de ellos al menos: al cubano, siéndome imposible inducirla a hacer lo mismo con el otro. Ella decía que Dwayne no la perdonaría por no haberse sincerado desde un principio y que no quería perderlo. Yo redacté la confesión y Sweethmartha, tras hacérmela leer, me autorizó para que la enviase a la “cuenta de correo electrónico” que Pedro tenía en “russianlovematch”. La respuesta del cubano, un día después, fue tan patética como temíamos: escribió que ya había sospechado sobre esa rivalidad por la actitud de ella durante los chats, los cuales le hacían antojarse que ella se alternaba con alguien más, que él era nuevamente un “perdedor”, y que desesperaba de ser el elegido. Le pidió que no cesasen de ser “amigos” y aconsejó que cuidase bien a ese “otro”. Con tal manifestación de miseria de parte del cubano, Sweethmartha y yo conferenciamos cómo podíamos remediarlo de ella; esto es, cómo confortarlo. Ella parecía entristecida con la novedad, porque la confesión, aunque ofensiva y casi tardía, estaba destinada a aventurarse como una muestra de “honestidad”. La confesión no era una sentencia electiva en la que el cubano estuviese señalado como “no elegido” o “no elegible”. ¿Por qué un hombre que se lisonjeaba de haber aprendido cinco idiomas con el autodidactismo, de haber entrado en Estados Unidos, de haberse licenciado como abogado con la industria de su trabajo y de poder dañar no sé cuántos adobes con un manotazo, renunciaba a ser el rival de alguien desconocido, ignorando si ese “otro” le aventajaba en algo? Esta cuestión había de estar contenida, aunque diferentemente enunciada, en aquello que yo había de redactar para confortarlo a nombre de Sweethmartha. Persuadirlo a que continuase en la competencia por ella, no era solo la tarea que ella me confió, sino también una necesidad propia proveniente de un sentimiento conmiserativo. Si el intento era confortarlo, yo no había de señalar que ese “otro” podía ser rico, alto y rubio como parecía, sino un hombre con la desventaja de la cobardía. Con ningún otro nombre podía yo referirme más convenientemente al hecho de que Dwayne evitaba venir a Colombia a rescatar su “princesa” de entre los criminales abundantes, entre narcotraficantes, guerrilleros y ladrones, que él había supuesto exageradamente como existentes en este país. Que aquel que fuese el primero en presentarse ante ella sería el ganador, como ocurre con la hipotética competencia de los espermatozoides por el óvulo, fue una ocurrencia sincera de mi parte al redactar mi tarea, motivada en el crédito de mujer honesta que yo sentía respecto a Sweethmartha. Siendo creíble aquello de que ella no procuraba belleza, juventud, o riqueza en un hombre, el exhortar al cubano para que abreviase en su venida a Colombia tenía más de iniciativa propia que ajena, al mismo tiempo que me parecía un excelente consejo que el receptor no había de desconsiderar, en atención a que una reunión entre Dwayne y Sweethamartha en Ecuador o en Panamá era, para mí, poco factible.

En efecto, todo lo que escribí para confortación de Pedro parecía haberle aprovechado mucho más de lo que esperábamos: en su respuesta epistolar, al día siguiente, él reasumía la fortaleza de voluntad que había mostrado durante la ignorancia de la rivalidad con Dwayne, prometiendo simultáneamente mantener un amor de amigos en caso de que no pudiese ganar el amor de pareja que tanto deseaba. La fecha de su venida era aún incierta: sus ocupaciones laborales era lo único que él alegaba como la causa dilatoria de la misma. Veces anteriores había sugerido las dos últimas semanas de diciembre del 2008 como el tiempo en que estaría con ella y con Dayana, y que sería la oportunidad de conocer el adornado de la ciudad de Medellín.

Ignoro la causa por la que Pedro dilató su venida a Colombia, la cual él realizó, acaso ya tardíamente, en Julio del 2009, cuando ese “otro” podía ya haber consumado el primer beso con Sweethmartha en algún lugar de este planeta fuera de Colombia, y, con ese beso, logrado su exclusividad y promesa de matrimonio. En el momento de escribir estas memorias, yo podía conocer la causa o el motivo de esa dilación por la que Pedro pudo haber permitido que el “otro” se le adelantase en aquello de presentarse a Sweethmartha, de no haber sido porque ella, a principios de enero del 2009, declaró acabada nuestra incipiente amistad por algo que yo hice y que ella no se atrevía hacer: confesar a Dwayne la rivalidad que ella mantenía entre él y Pedro. ¿Por qué lo hice a sabiendas que ello podía importar nuestra desamistad? En mi respuesta a esta pregunta, ya no he de alegar el mismo motivo que alegué para persuadir a Sweethmartha a sincerarse con Pedro en esto de la rivalidad. Yo sabía que si confesaba a Dwayne las circunstancias de competencia con las que él estaba apeteciendo y galanteando a mi “amiga”, la posibilidad de que él continuase en esa rivalidad sería muy poca, cierto como yo estaba de la soberbia suya. Por eso yo hice la delación, a nombre propio, con la pretensión de que Pedro quedase como candidato único. Al hacerlo, yo pretendía, simultáneamente, ejecutar una retaliación contra la soberbia de Dwayne, soberbia que se había manifestado en su continuada jactancia de “adinerado”. Si en nuestras primeras sesiones de Chat con Pedro y Dwayne, este último se me antojaba como el “elegible”, no más por la fantasía de una Sweethmartha habitante de un “castillo” que por el temor de que se esposase a un machista latino, los chats posteriores y algunos correos electrónicos alteraron mi opinión. ¿No era preferible Pedro a Dwayne, el primero porque sabía tanto de Colombia, que conocía hasta el nombre de su último presidente, en tanto que el segundo la confundía con cualquier otro indeseable país africano o con alguna tierra medieval completamente desconocida? ¿No era preferible el cubano, que había mostrado su rostro por la cámara Web, con su bigote tan nada sexy como la colección de vellos entre sus axilas, a aquel “otro”, el rubio millonario, que pretextaba estar en una “dieta” para no enviar fotos de su superficie obesa, ni para dejarse ver a través de la cámara? La respuesta es un sí. Yo prefería Pedro a Dwayne, aunque en un principio hubiese yo preferido éste a aquel; y tanto, que, en un correo electrónico secreto, yo había pedido a Dwayne que cuidase muy bien de Sweethmartha para cuando estuviesen cohabitando juntos en aquel “castillo”.

Con la delación de la candidatura del cubano hecha al “millonario”, esperaba favorecer al primero. Me fastidiaba la seguridad mostrada por el fanfarrón de Dwayne en su pretensión de reunirse con Sweethamartha en la casa de un “rico” amigo suyo en Ecuador, más para coitar con ella que para dialogar. No era envidia lo que me condicionaba esta contrariedad. Si Sweethmartha y Dwayne querían coitar juntos, eso me importaba ningún daño; pero que el uno estuviese amañando las circunstancias del coito a su manera y que ella consintiese a esos preparativos sin alguna exigencia hacían parecer que la fanfarronada del dinero la estaba seduciendo a todo cuanto el fanfarrón quisiese. Que el fanfarrón mencionase en sus chats y sus correos la posibilidad de ganar millones de dólares en un “futuro cercano” con su empresa de Internet, pero que pidiese a Sweethmartha buscar tiquetes aéreos baratos en la supuesta agencia de viajes donde ella trabajaba era una contradicción evidente que ella no quería reconocer o fingía no conocer. Me pregunto ahora si era tal la ambición de esta mujer de conseguir la ciudadanía estadounidense, que asentía a la oferta de reunirse con un hombre en algún lugar de Ecuador, un hombre de quien no conocíamos sino una fotografía, y que se avergonzaba, hipotéticamente, de mostrar sus canas y su sobrepeso a través de la cámara Web, pero que se jactaba de su “fortuna pecuniaria”, la cual, o no le bastaba para pagar a la galanteada tiquetes aéreos de primera clase, o quería conservar atesorada, como muchos avaros hacen.

El 8 de enero del 2009, o quizás uno o dos días antes, este fanfarrón de Dwayne me respondió soberbiamente un cuestionario personal que yo le había enviado por correo electrónico y que estaba destinado a interrogarlo sobre su reticencia para enviarnos fotos suyas y para dejarse ver en la cámara Web. ¿Qué estaba ocultando? Esta era la cuestión. ¿Era un sexagenario en vez de un cincuentón? ¿Estaba en una prisión? ¿Le faltaba una parte del cuerpo? Dwayne respondió a todo esto con una soberbia satírica indigna de alguien que procuraba guardar a Sweethmartha de patrañeros. Me dijo, entre otras cosas, que él no estaba seguro de que ella fuese la “princesa” que había de cohabitar con él en aquel “castillo”, porque no deseaba ser el esposo de una mujer que estaba siendo “controlada” por un “traductor”; que él jamás mentía; que además de ser el gerente y copropietario de la empresa de Internet, su familia poseía estaciones de radio en Kentucky, y que me perdonaba por haberlo cuestionado. Esta soberbia suya, ya manifiesta en los chats y los correos electrónicos entre Sweethmartha y él, ahora confirmada en el correo dirigido hacia mí, me decidió a dañarle su fantasía. ¿Qué opinaría Dwayne de su “princesa” cuando yo le enterase de que esta tenía a otro hombre esperanzado con el goce de aquello que él fantaseaba?

Por aquellos días de enero, los dos rivales podían alternar con Sweethmartha sin la mediación mía, pues empleaban los servicios gratuitos de Chat y de correo de Hotmail en vez de aquellos dispendiosos y fraudulentos de russianlovematch, además de los teléfonos. Yo era quien había facilitado esa independencia, no por iniciativa propia, sino ajena: en el caso de Dwayne, temprano en el mes de noviembre del 2008, él me pidió que permitiese el intercambio de cuentas de correos y de números telefónicos porque ya había hallado su “princesa” y no quería continuar derrochando su dinero con russianlovematch. Yo consentí. Sweethmartha no era la primera ni la última de las mujeres a quienes yo consentí el infringir una de las reglas de la “agencia”, aquella de no intercambiar datos personales. Ni era yo el único “traductor” que consentía estos intercambios: la frívola Evelin había conseguido engañar a Babydoll durante semanas, manteniendo los chats que le hacían ganar comisión, pero con un Chat secreto y simultáneo con un soldadito a través del Messenger de Hotmail. Ella y su “traductor” persuadieron al soldadito a que enviase un computador portátil a casa de Evelin y a que le girase el dinero para pagar una conexión de Internet domiciliaria. Por todo lo que supe, el soldadito giraba a Evelin mensualmente una incierta cantidad de dinero. Latinmelody también había infringido la regla, y, consecuentemente, se correspondía por el correo gratuito con un “mono” de ojos azules o verdes y con un hombre de origen mexicano; pero ignoro si ella había conseguido algún beneficio pecuniario con esta correspondencia secreta. Lo mismo he de decir de Sandgom sobre la infracción de la regla, quien además de intercambiar cuentas de correo ordinario y electrónico con un tal Patrick y un tal Myron, intercambió números telefónicos y regalos con este último, como más adelante narraré.

En el caso del cubano, no fue él quien buscó prescindir de “russianlovematch”, para continuar su relación con Sweethmartha por un Messenger gratuito y por teléfono: fue ella quien me pidió filtrar o su cuenta de correo o su número telefónico, lo cual resultó sorprendentemente difícil, porque el incauto o el suspicaz de Pedro estaba renuente a consentir con nuestro propósito. Quizás el cubano no estaba convencido de que “russianlovematch” estaba designado para defraudar a los hombres de su dinero, que el 99% de las mujeres del sitio eran nada más que un “señuelo”, ni que Babydoll, aquella “afable” y “aduladora” mujer que le escribía a su cuenta como “una bondadosa traductora que quería enseñar el idioma inglés a las chicas de la agencia” era realmente la ambiciosa y patrañera responsable de la “agencia” que, no contenta con la comisión pagada desde Estados Unidos por la ficción de sus muchachas, estaba procurando obtener un lucro adicional con aquella patraña de “querer enseñar el inglés”, lucro que podía resultar del pago de un “curso de inglés”, si Pedro lo hubiese comprado, o de la posesión de artículos audio-visuales útiles para la “enseñanza del inglés”, si Pedro los hubiese enviado, como pretendía hacer.

Quizás Pedro no estaba convencido de estos hechos, aunque Sweethmartha y yo le habíamos advertido de estos. O quizás Pedro temía que una correspondencia con Sweethmartha por fuera del sitio de “russianlovematch” podía resultar en algún fraude inducido por ella, hipótesis que es nada absurda en consideración a las manifestaciones de suspicacia que el cubano mostraba a veces.

En fin, yo logré que Pedro obtuviese el número telefónico y la cuenta de correo electrónico de Sweethmartha después de fallidos intentos en los que he de suponer o que el hombrecillo no era tan astuto como él se reputaba, o que yo era demasiado enigmático en el método de filtrar los datos.

Bien recuerdo que la última vez que me entrevisté con Sweethmartha fue una tarde, días antes de la celebración que los “costumbristas” denominan “navidad”. Aquella sería la primera vez en que Sweethmartha utilizaría el Messenger gratuito de Hotmail para corresponder con Pedro, y verse mutuamente a través de la cámara Web. ¿Qué hacía yo allá si el Chat era entre dos personas hispanoparlantes? Sweethmartha me había requerido para que le ayudase a configurar el Chat, porque, según ella, carecía de experiencia en esto del ciberespacio. Ambos parecían estar felices durante las más de tres horas que el Chat se extendió. La felicidad del cubano estaba condicionada quizás por el hecho de que Sweethmartha no hubiese cesado de sonreír y corresponder durante las tres horas, sin la menor burla o muestra de melindre por aquel hombre descamisado, de vellos en las axilas, de bigote, de no sé cuántos centímetros de estatura, ni cuántos pelos en su calva… Era la primera vez que Sweethmartha lo veía diferentemente que en aquella foto en la que había sido fotografiado con lentes oscuros… Era la primera vez que lo veía moverse, reír, cantar, hablar, ostentar sus incipientes bíceps braquiales… El cubano quizás opinaba que si todo aquello que él dejaba trascender a través de la cámara no causaba un ademán de burla ni de melindre era porque Sweethmartha lo amaba, como había sido escrito en los correos y en los chats de russianlovematch”.

En cuanto a la felicidad aparente de ella, podía ser solamente una falsa apariencia, o acaso estaba en efecto feliz por algo relativo a su fantasía de esposarse a un extranjero de Estados Unidos, aunque ese algo no fuese el fin, sino el medio, como de conseguir una ciudadanía extranjera, o de laborar fuera de Colombia, o de estar cerca de una amiga paisana suya que había inmigrado a Estados Unidos y con quien correspondía asidua y amistosamente.

La venida del cubano a Colombia parecía estar decidida para antes de la segunda semana de enero del 2009, aunque tenía por mejor si pudiese venir para el día del aniversario natalicio de Sweethmartha, dos o tres días antes del fin de año, no recuerdo precisamente qué día. La reunión propuesta o casi impuesta por Dwayne para realizarse en algún lugar del Ecuador estaba aún incierta. Ella decía que no podía ser sino después de febrero. El cubano había comprado regalos para Dayana, la hija de Sweethmartha, y para ella, los cuales había mostrado a través de la cámara Web, con la promesa de traerlos. El fanfarrón de Dwayne quiso también regalar a Sweethmartha con una sorpresa enviada por correo, pero falló en el supuesto de que el regalo llegaría precisamente el día del aniversario, pues aún en enero nos preguntaba si había llegado el paquete. Yo sería el padrino de la boda entre Pedro y Sweethmartha, según ellos parecían haber decidido. Yo trabajaría para Dwayne en no sé qué, pero que estaría hecho desde Colombia, pues nunca me dijo que él me ayudaría a emigrar. Todos estos eran los antecedentes de aquello que, siendo falso, fingido o sobrevalorado, se alteró súbitamente en una aparente desamistad recíproca de los cuatro personajes: la delación que hice a Dwayne de que Sweethmartha tenía esperanzado a otro hombre con aquello que él estaba fantaseando parecía haberme aprovechado en mi propósito de dañarle su fantasía. Uno o dos días después de la delación, Dwayne me escribió un correo electrónico que yo no aguardaba –teniendo yo por cierto que al comenzar él a odiar a Sweethmartha, sentiría lo mismo contra mí, su “traductor”, su “asesor”, su “cómplice”. En este correo me agradeció por el hecho delator, con la promesa de recompensarme para cuando prosperase su “empresa de Internet”, y confesó que estaba en una nueva relación con una mujer de Kentucky, lo cual connotaba que acababa de terminar aquella que había contraído con Sweethmartha.

Entre la lectura de este correo de Dwayne y el telefonazo de Sweethmartha pudo haber solamente un intervalo de días, una semana, a lo sumo. Inicialmente, su voz no importó un estado de enojo contra mí. Por el contrario, sonaba como un telefonazo más, uno de aquellos amistosos que espaciábamos entre semanas. Pero, según el diálogo se extendía, la voz suya se fue alterando hasta convertirse en un fenómeno ofensivo por el que me reprochaba el haberla delatado. Sweethmartha podía haber atentado telefónicamente contra mí con las palabras más malsonantes de su vocabulario, pero se comidió muy bien en lo dicho. “Usted borró con el codo lo que hizo con las manos” fue lo único que me sonó a vilipendio; mas, luego, ella dijo algo de peor consecuencia: “no me casaré ni con el uno ni con el otro. Se acabó”, lo cual recordé durante los meses siguientes más ingratamente que el resto de sus frases, porque en ésta estaba implícito un efecto colateral indeseado, aquel de frustrar a Pedro en sus planes “benevolentes”. Si bien yo sabía que podía desgraciarme de Sweethmartha, no sospeché que el acto de delación podía resultar en una desgracia mutua en la que el “cubanito” sería el mayor perdedor. Me consolaba, sin embargo, el considerar que este anuncio de Sweethmartha podía ser nada más que una patraña para que yo me desentendiese de aquella mediación que había desarrollado como “traductor”. Yo podía haber escrito un correo al cubano o haberlo telefoneado, para inquirir la verdad del caso, pues había conservado la cuenta de su correo electrónico y su número telefónico; pero en vez de ello, decidí aguardar algunas semanas a que los hechos posteriores al telefonazo de Sweethamartha me desengañasen. Esta aguardada se extendió en vano por más de una centena de días. Fueron más de cinco meses en los que no desesperaba de volver a oírla en el feliz anuncio de su matrimonio con Pedro; cinco meses en los que esperaba que Pedro me escribiese, para agradecerme por haberlos emparejado. La irrealidad de lo uno y de lo otro (ella no volvió a telefonearme; él quizás había olvidado lo que yo había hecho por ellos) me motivaron finalmente, en el mes de julio del 2009, a aventurar un correo electrónico hacia Pedro, el “cubanito”, en el cual, presentándome como el hombre que había posibilitado la interacción entre él y Sweethmartha, y como el consejero que había persuadido a ella a confesarle que había otro candidato, manifestándole, además, mi preocupación por lo que podía haber sido de esa relación suya con ella, le urgí a responderme si era verdad que Sweethmartha se había desamistado de él como lo había hecho conmigo desde enero. En la respuesta a esta solicitud, Pedro, mediante otro correo electrónico, no me satisfizo sino parcialmente: la verdad solicitada parecía haber sido denegada mediante omisión de una respuesta directa; pero por todo cuanto pude inferir de su correo, la relación suya con Sweethmartha no estaba acabada. La posibilidad de un matrimonio suyo con ella continuaba vigente (se refirió a ésta como la persona con la que podía convivir la posteridad siguiente), pero sus dudas sobre ella parecían haber aumentado durante ese tiempo en que yo no supe de ambos: Pedro quería saber más de Sweethmartha por medio mío, como si las decenas de telefonazos, de correos electrónicos y de chats de Hotmail, que yo supongo reciprocados entre ellos, no hubiesen bastado para certificarlo de la “honestidad” de esta mujer. Lo más sorprendente es que Pedro estaba a dos semanas de venir a Colombia. Y si predico sorpresa de su anuncio de venir acá no es solamente por la oportunidad con la que yo había aventurado ese e-mail (precisamente días previos a su venida), sino también porque me importaba la gran duda de qué había ocurrido entre ellos dos que había hecho postergar por meses la promesa de su venida. La incógnita se me antojaba tanto más grave cuanto este viaje del cubano parecía estar motivado en un asunto comercial, en el cual él aprovecharía para cumplir la promesa de entrevistarse con Sweethmartha. ¿Qué había sido de aquel hombre que se lisonjeaba de haber ganado la licencia de abogado afanando en trabajos de inmigrantes en Estados Unidos, que había prometido competir de par a par con el “otro” y que desconsideraba el riesgo de venir a un país infamado de violento como el nuestro, con la única consideración de acabar de congraciarse con Sweethmartha? Ese hombre, como podía inferirse de su correo, parecía ahora haberse alternado con otro: ya no era Pedro el abogado, el que decía querer venir a Medellín, con el único fin de encontrarse con la mejor mujer que había conocido en los últimos cinco años: era Pedro el gerente de una cierta “compañía asiática exportadora de artículos electrónicos”, quien vendría primero a Medellín y luego iría a Cali, para comercializar sus “productos”, lo cual, según estaba pretextado, sería la oportunidad para visitar a Sweethmartha.

Me pregunto ahora si aquello de “soy el gerente de una compañía de artículos electrónicos” no era más que un pretexto con el que Pedro pretendía mitigar algo que sospechaba y de cuya realidad me había participado indirectamente con la cuestión de “¿quién es realmente Martha, la mujer con la que podría convivir mi posteridad siguiente?” Puedo difícilmente admitir como posible la existencia de alguien que no haya mentido para cautelarse contra algo sospechado como afrentoso. La inseguridad del cubano respecto a esta mujer era quizás tal, que él había reputado prudente fingir un viaje comercial hacia Colombia, después de meses de haber postergado el viaje de “galanteador enamorado”. Si el encuentro con Sweethmartha resultaba en un desengaño total, como él probablemente temía, aquella ficción comercial mitigaría el efecto de la afrenta, pues nadie más que él conocería la gravedad de la misma, en tanto que Sweethmartha y sus consanguíneos creerían que la afrenta había sido mínima, porque el cubano había viajado acá más por comercializar sus “productos” que por galantear a una de las mujeres de russianlovematch”.

Mis predicados sobre Sweethmartha fueron consecuentes con aquella opinión que yo había mantenido de ella desde los primeros días en que la asesoré como “traductor”. Aún en aquel mes de julio del 2009 en que el cubano me requirió la verdad sobre su “futurible esposa”, aún después de esos meses de discontinuidad amistosa entre ella y yo, le atribuía la nobleza, la respetuosidad y la “honestidad” que a ninguna de las otras mujeres de russianlovematchhabía atribuido. De no haber sido por mi entrevista con el cubano y mi descubrimiento de que el fanfarrón de Dwayne estaba aconsejando a Sweethmartha sobre los procedimientos para solicitar la VISA estadounidense, quizás hoy todavía yo estaría opinando bien de esta mujer.

Así pues, mi duda sobre la “honestidad y la nobleza” de Sweethmartha no comenzó desde aquella tarde de enero de 2009 en que ella me declaró telefónicamente su enojo por haberla yo delatado (la última vez que la oí), sino desde una noche de julio, horas después de haber oído del cubano la patética noticia del desencuentro suyo con ella. Aquella tarde, Pedro y yo bebimos unas pocas cervezas, sentados en un café exterior a uno de los escasos museos de Medellín. Hacía más de cinco días que el cubano había llegado a Colombia, quizás ya con una menguada esperanza de apoderarse del bien mujeril nombrado Sweethmartha, y con regalos para ella, para Dayana (la hija), para Claudia (la hermana), etc. Hacía más de cinco días que el cubano aguardaba a que la primera de las mencionadas lo telefonease desde el IPHONE con que la había obsequiado el día de su llegada. La irrealidad de aquel telefonazo aguardado parecía confirmarlo en la sospecha de que Sweethmartha había estado interesada en él más como un medio para conseguir la ciudadanía estadounidense que como el ser masculino con el que había de reciprocar placer erótico, pero que, siendo el rival “un millonario”, éste había sido preferido por ella. Yo intenté consolarlo, aseverando que Sweethmartha no era como el resto de mujeres de russianlovematch, advirtiéndole de la posibilidad de un error en su conjetura y aventurando una mía: quizás ella había sido enamorada por alguien acá en Colombia, no por medios telemáticos, sino persona a persona. El cubano dificultó en esa posibilidad, y se obstinó en que Sweethmartha había sido otra “fingidora”, interesada exclusivamente en ganar una situación semejante a aquella de “la mejor amiga de ella”; esto es, un esposo norteamericano, una ciudadanía norteamericana, un trabajo norteamericano, y demás desiderata relativa a lo que no somos y a lo que no tenemos. El recibimiento de aquella mujer el día en que Pedro la enfrentó personalmente había sido bien diferente de lo que había quizás fantaseado: si bien ella había podido prolongar su sonrisa característica, el resto de sus músculos habían sido inhibidos para aquello que un hombre espera de su “futura esposa”: en vez de besos y caricias reciprocados, o expresiones de “oh, cuánto había deseado la realización de este instante”, el encuentro parecía haber sido uno más de aquellos que menudean en nuestras vidas con seres de poca o ninguna importancia, como cuando encontramos con una de las tías anorgásmicas cuyo “bla-bla-bla” es mayormente cursilería religiosa o costumbrista indigna de atención.

¿Era acertada la conjetura de Pedro respecto a Sweethmartha? Esta era la cuestión que me recurrió aquella noche al llegar a casa después de más tres horas de diálogo personal con él. Por primera vez, yo me proponía la duda sobre la “sinceridad y seriedad” de aquella mujer que reputaba por especial (tan particular, que, de haber sido muy sexy, muy hermosa y delgada, podría haber igualado mi ideal de mujer). ¿Qué había sucedido entre ellos durante estos meses previos al desencuentro? No lo sé. Quizás nunca lo sabré, porque no hay alguien que me pueda enterar de esa verdad. Si alguno de los dos pretendiese hoy sincerarse conmigo, yo podía escucharlos o leerlos, pero sus versiones resultarían sospechosas. Nada de lo que yo me proponga como hipótesis de esa desgracia entre Sweethmartha y Pedro es absurdo. Si ella lo amó, el desamor pudo haberse seguido por la conducta inconsecuente de él, de la cual tengo una certeza más por experiencia propia que por narración. Si antes de mi entrevista reputaba al cubano como un ser pertinaz, serio, consecuente con lo que decía, hoy, más de 18 meses después, lo reputo como un “patrañero”, fanfarrón, inconsecuente con lo que promete (quizás Sweethmartha descubrió lo mismo respecto a él). Lo poco que tengo ahora por cierto, relativo a este hombre, es su nacionalidad de cubano, ridículamente evidente por su acento, y su poca estatura. Lo demás, relativo a él, es tan sospechoso como casi todo lo que tengo sobre Sweethmartha. Que aprendió cinco idiomas, que viaja por el planeta comercializando productos electrónicos, que posee una casa en Miami, que parte ladrillos con un manotazo, todo esto pudo ser nada más que una fanfarronería con la que pretendía congraciarse con una de las mujeres de “russianlovematch”.

Si Sweethmartha nunca lo amó, Pedro pudo percatarse paulatinamente de su ficción durante esos meses posteriores a mi delación, meses en los que yo no supe nada más de ellos dos, meses en los que mi verbosidad intermediaria podría haber continuado siendo útil para sostener su ficción amatoria (fui yo quien, por comisión de Sweethmartha, compuso las obsequiosas misivas electrónicas para Pedro y Dwayne hasta enero del 2009).

Si Sweethmartha disolvió en desgracia recíproca la interacción mantenida con nosotros tres (Pedro, Dwayne y yo), renunciando a la rivalidad de los dos primeros, como me anunció en ese ingrato telefonazo, el hecho de Pedro venir a Medellín y aquel de Dwayne de aconsejarla sobre cómo obtener la VISA, harían suponer, o que ella se arrepintió de la renunciación, o que los dos galanteadores continuaron galanteándola, aún después de ella haberles dicho que “terminaba” con ellos.

Hace más de 18 meses que decidí denunciar públicamente lo que supe sobre la falsedad de las “agencias de matrimonio”. Había omitido entonces la relación sobre Sweethmartha porque la reputaba entonces como una mujer “honesta”. Pero hoy, la mujer que admiraba tanto por su aspecto metamorfoseado con una mamoplastia como por su especialidad conductual, no es menos sospechosa que las otras coquetas mercenarias de “russianlovematch”, lo cual me motivó no solamente a componer una relación sobre ella, sino también a revisar lo que había escrito sobre las otras.